MAÑANA INÉDITA, una pequeña realidad

El protagonista sale a la calle con ánimo de buscar inspiración para su trabajo. Sin embargo, lo que encuentra no es lo que esperaba. Aunque, en medio de la oscuridad halla un matiz de luz.

No conseguía salirme con el dibujo y he decidido dar un paseo por el barrio, para distraerme, y también para inspirarme. ¿Por qué no?

En la calle se encuentra de todo, incluso elementos que pueden sugerir o estimular sensaciones y reacciones provechosas.

La mañana se había levantado grisácea, haciendo juego con mi estado de ánimo.

Tras un rato de paseo, me siento en una silla de esas individuales que hay repartidas por toda la ciudad, muy cerca del parque. Dejaré pasar realidades desconocidas que, tal vez como yo, buscan incansables alguna cosa, aunque no sepan o, mejor dicho, no sepamos exactamente el qué.

El alboroto de un grupo de chicas que se acerca por la derecha concentra toda mi atención. Parecen muy exaltadas, las risotadas se oyen desde lejos y se mueven como en una danza eléctrica que no tuviera detención. Llevan una especia de adornos en la cabeza, semejantes a unas orejas de conejillo. Una de ellas, que intuyo debe ser la novia a quien se dedica la fiesta, además, luce un gran lazo en el cuello y una colita enganchada a los pantalones, de pelaje blanco, espesa y redondeada. Las amigas gritan “vivas” sin descanso y, de cuando en cuando, exclaman como una coral bien instruida “felicitaciones a la novia”.

Yo me las miro con una concentración enfermiza. Ellas se encaran con todo el mundo que encuentran a su paso y, con sonrisas y expresiones provocadoras, los invitan a saludar a la homenajeada. Su excitación no siempre es bien recibida.

Es todo un espectáculo, no lo puedo negar, porque además llevan una especie de silbatos que acompañan la algarabía de las doce jovencitas, la cual es imposible rehuir, si estás lo suficientemente cerca.

La novia parece un poco atolondrada con tanta atención y, en mi imaginación se recrean imágenes del futuro de aquella chica casadera. Tal vez será una mujer feliz, tendrá hijos y un hogar tranquilo donde envejecer y disfrutar de los nietos. Quién sabe si será una profesional de éxito que mantendrá al compañero mediocre que le ha tocado. Claro que también podría formar parte de la lista de las divorciadas que se han de partir los hijos con la expareja y que caducan sin encontrar la media naranja, que decía mi abuela.

El torbellino se aleja y, por un corto espacio de tiempo, hay un silencio reparador en el ambiente. Me llega un olor de follaje húmedo y observo unos trabajadores que limpian el parque, combinado con un aroma de palomitas de un par de chiquillos que se detienen a mi espalda y llevan unos cubos de plástico con este divertido alimento.

Casi sin darme cuenta, me encuentro frente por frente, a unos pocos metros de donde estoy sentado, a un hombre mayor que, con notable esfuerzo, extiende un cartón que carretea doblado, y deja ver la imagen de un frigorífico.

Presenta un aspecto desaliñado, pero limpio, y parece muy triste. Se sitúa en el medio de la improvisada alfombra, se sienta y sin mirar a los transeúntes, extiende la mano murmurando alguna cosa que no alcanzo a comprender.

No le dedico más atención porque en aquel momento se me acerca una mujer que arrastra un carrito de esos de ir a la compra del que sobresalen unas hojas de espinacas, las reconozco porque me gustan mucho, y tres barras de pan, a una de las cuales le falta el cuscurro. El intenso aroma del pan acabado de hornear me envuelve.

A su lado, un chaval malcarado, de unos diez o doce años, no sabría precisar la edad, empuja un cochecito de criatura con una pequeña de pocos meses que arranca a llorar al llegar a mi altura. El otro hijo, bastante más joven que el mayor, arrastra los pies y se hace reprender por la gandulería con la que sigue al grupo.

Los requerimientos de la menuda detienen la madre que se acomoda en una silla, a mi lado. Se desabrocha la camisa, se acerca la niña al pecho y se acaba la llorera. Mientras ella alimenta a la hambrienta, los hermanos empiezan a jugar persiguiéndose el uno al otro. En las correrías descontroladas que cada vez son más vigorosas se acercan al mendicante, tanto que el mayor se tropieza con la pierna del hombre y se apresura a abroncarlo, dándole la culpa de su caída.

Me ha parecido que iba a atizarle una bofetada al viejo cuando, de detrás de unos arbustos surge un guardia y regaña al chico que se burlaba del pedigüeño con expresiones demasiado groseras para un crío de aquellos años.

La madre no dice nada. Mira fijamente a la hija. El más pequeño de los chicos se le acerca, no sé de qué hablan, pero ella asiente y el pequeño rompe un trozo de pan, que devora con celeridad inaudita. El grande se dedica a perseguir palomas hasta que la madre acaba de alimentar la benjamina de la familia.

Trato de no mirar aquel cuadro doméstico, pero no puedo dejar de hacerlo. Mientras la mujer cambia los pañales de la pequeñina, el mayor se acerca a unas bicicletas y se dedica a dar puntapiés a las que se hallan a su alcance. El pequeño, entonces, se come una manzana, aprovechando que nadie lo vigila.

Aquella mujer, tal vez de unos treinta y pocos años, tiene la mirada austera, los labios caídos y no ha sonreído en ningún momento. Tampoco no le oído la voz y cuando empieza a caminar para alejarse me doy cuenta de que, vista de espaldas, podría pasar por una persona de más edad.

Contemplo como se alejan haciendo elucubraciones sobre la existencia de aquella matriarca, cuando una música atrae mi atención. En la esquina se ha instalado un joven, alto y delgado, que toca el violín. Me sorprende porque no lo hace nada mal y tiene un aspecto serio y concentrado. Pienso que es lo bastante joven como para tratarse de un estudiante que pretende hacerse con algún dinero para pagarse la carrera. Hay muchos así, he hablado con más de uno. Veo un sombrero de fieltro negro reposando a sus pies y, de cuando en cuando, alguien deposita una moneda. Un grupo de turistas se lo mira interesado y lo aplaude amablemente cuando él acaba la pieza, quietos y atentos esperando una nueva interpretación. Yo también me quiero añadir a los donantes porque se lo merece.

Estoy a punto de levantarme cuando oigo un griterío y me giro para ver de donde procede. Se trata de cinco jóvenes de unos veinte y tantos, parecen extranjeros. No avanzan con seguridad y, por la forma como hablan, tengo la impresión de que van un poco cargados. Es temprano, pero cada cual tiene sus costumbres.

Al llegar a mi altura se detienen delante del hombre que aún mantiene la mano tendida, en la cual se ven un par de monedas.

Se lo miran, ríen entre ellos, y cuando ya parece que se deciden a marchar, se abalanzan sobre el pobre individuo y empiezan a manotearlo.

Me he quedado de piedra, inmóvil, sin saber qué hacer.

Un señor, más bien mayor, que pasaba en aquel momento trata de que dejen al pobre infeliz en paz, que ni siquiera se defiende. Ellos, sin embargo, ignoran la reclamación y, aprovechando la ventaja de la fuerza y el número, lo zarandean para desnudarlo. Yo, entonces, me alzo de golpe y me enfrento al grupo. No sé qué me había permitido pensar que podría hacer alguna cosa de provecho, porque a la primera palabra ya he recibido un codazo y he ido a parar al suelo como un trapo usado.

Un grupo de personas, la mayoría paseantes que circulaban por aquel lugar se apresuran a razonar con los jóvenes, mientras éstos, ignorándolos, ya tienen al mendigo en calzoncillos y bien apaleado.

Por suerte, el agente que antes había reconvenido al chiquillo ha oído el alboroto y los ladridos de un perro que se queja del bullicio y, al verlo, los mozos salen a la carrera.

De pronto, se oye la voz de una mujer que corre hacía el viejo que trata de vestirse gritando “!padre¡, ¡padre¡”. Nos ha dejado a todos anonadados. Cuando el guardia le pregunta si conoce a aquel indigente, la mujer muestra al agente un documento y una fotografía, y le explica, delante de los que hemos acudido en ayuda del pobre afrontado, que es su padre y es, mejor dicho, era notario. Que padece una enfermedad degenerativa. Últimamente ha empeorado y tiene momentos en que pierde el mundo de vista y se lanza a situaciones como aquella. Ella lo ha dejado durmiendo, pero es posible que haya despertado y al encontrarse solo, haya ido a su aire.

Me alejo del grupo porque todo aquello me ha deprimido, bueno, me ha deprimido todavía más de lo que me sentía. Pensar que ha sido una persona responsable y respetada y ha acabado vagueando por las calles de aquella manera, me ha conmovido.

Sumido en estos pensamientos oigo mi nombre. Al girarme veo a Rogelio, amigo y vecino que viene tras de mí. Cuando me pregunta si he visto la escena que ha protagonizado aquel pobre hombre, me lo miro, me friego el codo y le pregunto si me quiere acompañar a tomar una cerveza. Me irá bien hablar con él, de carácter extrovertido y un poco superficial.

Él acepta encantado y nos encaminamos hacía un bar que frecuentamos, muy cerca de casa. De camino, me comenta que tiempo atrás había salido con aquella mujer, la Rosa, la hija del mendigo, pero que cuando vio el panorama familiar se acobardó.

Primero no le entiendo, pero cuando me explica que en la casa de la mujer vive la madre, afectada de un ictus incapacitante desde hace un par de años, el padre que ya nos podemos hacer una idea de cómo está, una hermana del padre que no puede ni andar por culpa de una artrosis extrema y su hijo, un hombre de la misma edad que la Rosa que tuvo un accidente de coche y arrastra una pierna y tiene un brazo inutilizado, además de unos lapsus mentales que de cuando en cuando lo alejan de este mundo.

Lo observo para ver si habla en serio, pero no advierto ningún signo de burla en sus palabras. Siento una opresión en el pecho y, antes de entrar en el bar, me giro a tiempo de ver como la mujer se lleva al desgraciado viejo, con un profundo sentimiento de conmiseración hacía ella.

Al avanzar medio de espaldas piso una caca de perro y, para mi sorpresa, no me impresiona. Refriego la suela del zapato en el borde de la acera para deshacerme del pegote mientras Rogelio se ríe e insiste en tomar alguna cosa para animarme.

Estoy triste por las visiones de aquella mañana en que, además, para mortificarme, han escampado las nubes para dejar un día soleado y espléndido, y escucho a mi amigo para no tener que hablar. Lo que me ha comentado me ha hecho pensar de él que es un interesado, demasiado desconsiderado con la mujer, pero ante el cuadro familiar me desmoraliza admitir que yo, a buen seguro, habría huido como él.

La cerveza no alivia el pesado estado de ánimo que arrastro. Rogelio no para de atender el móvil y observar las bragas de una jovencita, sentada en una mesa, en el bar, que sobresalen de los pantalones dejando al descubierto dibujos de corazones de diferentes colores y la insinuadora hendidura del final de la espalda. Aprovecho una de las interrupciones telefónicas para despedirme de él y dirigirme a casa.

Antes de entrar en la escalera donde vivo, me fijo en una pareja, muy joven, cobijada en un ángulo de la entrada en el edificio vecino. Se sonríen, se hablan con dulzura y acaban con un beso, largo, tierno, un beso que parece inacabable. Por fin alguna cosa amable. Para no estropearlo no iré más allá de la escena.

El futuro dirá.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato audiolibro AQUÍ.

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.