La protagonista intenta sobreponerse a sus temores y le resulta inquietante, pero cuando se hacen realidad son escalofriantes.

Disfrutaba del nuevo trabajo, una gran oportunidad.
El aparcamiento de mi automóvil se hallaba en el otro extremo del pasaje que se abría enfrente del edificio de las oficinas, al otro lado de la calle.
Por la mañana lo atravesaba, por la noche, no. Era invierno estaba demasiado oscuro y no había mucha gente. Tenía árboles en una de las aceras y poca iluminación. Cuatro farolas, había contado. Cuando consideraba la posibilidad de circular por allí se me hacía un nudo en el estómago, notaba sequedad en la boca, y el pulso en la frente se me aceleraba. Eso sólo de pensarlo.
Había aprendido a nadar, a pesar de mi aversión al agua. Subía y bajaba en un ascensor incluso hasta el piso treinta sin agobiarme, no obstante mi extrema sensibilidad a los espacios cerrados. Podía, después de años, ver una araña sin estremecerme. Incluso había logrado contemplar la calle desde un rascacielos, pese a mi vértigo. Algún día tendría que superar aquel reto, … el último.
Salí del trabajo. Tenía prisa. Si cruzaba directamente, un par de minutos. Si daba la vuelta a la manzana, tal vez diez. Había mucha gente y una salida de colegio en la esquina. Aquello significaba más retraso. Contemplé la callejuela: larga, oscura, sin peatones y desafiante.
Esquivando coches, atravesé la calle y me encaré a la estrecha vía. Me abroché la mochila con los cierres de plástico sobre el pecho y en la cintura.
Sin pensármelo, arranqué a correr. No veía nada. No miraba. Sentía sólo el ruido de mis pies golpeando el suelo. Corría persiguiendo mi propia sombra. Cuando salía de la vía, justo delante de la puerta del garaje donde dejaba el coche, temblaba y sonreía. Lo había conseguido.
Había repetido aquel trayecto, de noche, algunas veces después de aquella experiencia retadora. Siempre deprisa, aunque no corriendo. La primavera y el verano me ayudaron. Los días eran más largos y había mucha claridad cuando salía de la oficina.
Aquel día iba con dos compañeros, era tarde, estaba oscuro. Los llevaba en mi auto a una reunión de trabajo. Ellos se dirigieron a la entrada del pasaje sin cuestionárselo. Era la ruta más corta hasta el coche. Caminamos a buen ritmo, pero charlando y sin fijarnos en el trayecto. Sobre todo, yo.
Por fin lo había logrado. Podía circular por aquel lugar cuando me convenía. Salía del despacho y ni pensaba en ello. Si tenía prisa acortaba por el pasaje, si no me urgía, paseaba por el barrio.
Aquella noche de invierno llegaba tarde a una cita. Me esperaban en la puerta del garaje. Enfilé el callejón a paso ligero, absorta en mis pensamientos. Llegaba al segundo farol cuando oí ruido de cristales rotos. La tercera bombilla se apagó. Yo aceleré el ritmo de mi caminar.
Una persona se me abalanzó. Olía a putrefacción y gruñía como un animal. Me asió la mochila intentando arrancármela. No podía llevársela porque la llevaba bien abrochada.
Sentí una punzada en el costado izquierdo y me doblegué de dolor. Con las manos trataba de apartar el agresor de mí. El cuerpo se me rompía. Me apretó el cuello con fuerza. Me asfixiaba. No podía chillar. Me mataba el dolor en el costado que se extendía hasta el muslo.
Alcé una mano extendiendo los dedos para clavarlos en sus ojos. El gruñido cambió de tono. Aflojó la presión que atenazaba mi cuello. Un poco de aire me dio tiempo para palpar aquello que tenía clavado en la cintura. No pensaba. Lo sujeté, levanté el brazo y se lo clavé en la cabeza.
Se separó de mí. El dolor y el ahogo me mareaban. Caí al suelo. No lo distinguía, ni me abrumaba su aliento. Medio arrastrándome traté de llegar a la calle grande.
Grité. Primero acongojada, después con toda la fuerza de que era capaz.
Cuando me derrumbaba, cerca del primer farol, algunas personas se acercaban a mí. No entendía lo que decían. No veía bien. Sólo sentía los latidos de mi corazón, y el terrible dolor que partía mi cuerpo en dos. Después la oscuridad.
No he vuelto a pasar nunca más por aquel lugar.
Fin
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