El enfrentamiento de dos poderosas entidades que miden sus fuerzas, pero el triunfo de una de ellas es inevitable.

“Te necesito. Firmado: Mantec”
Augur releyó el mensaje. El cielo aparecía enrojecido. El aire llevaba el aroma de una amenaza que le recorría la piel desnuda y le enfriaba la nuca. No sin reticencia, aceptó el transporte que le habían enviado y se puso en camino.
Nunca había compartido la fijación de su medio hermano paterno por construir aquellas entidades. Híbridos creados para sustituir humanos ociosos.
Mantec, sin embargo, tenía una verdadera obstinación por aquellas criaturas. Pretendía perfeccionarlas, pulirlas hasta desafiar el original. Estaba obsesionado en el proyecto.
Augur se alejaba de su hogar, excavado con sus propias manos en la montaña azul, donde él, solo, caminaba, se rendía al pensamiento, observaba con ojos externos y también internos. Presentía más de lo que podía controlar, evitando que le hirieran y, sobre todo, tratando de no herir.
Al llegar a la urbe, le avisaron de que Mantec le esperaba en la cúpula vidriada desde donde se permitía ver todo el complejo industrial e incluso hasta los círculos exteriores, donde residía la ciudadanía. Augur penetró en la estancia, sorprendido por la concurrencia, y vio a su medio hermano en el otro extremo, de pie al lado del inmenso mirador, esperándole.
Al llegar frente a Mantec, Augur lo observó con detenimiento. Después habló con un tono lo suficientemente elevado para que llegara a todos los presentes: “Muy bien, estás muy logrado. Ahora avisa a mi hermano que estoy aquí”.
El híbrido se enderezó, desafiándole. Augur confirmó su presentimiento: Mantec había muerto.
Escuchó como aquel calco le anunciaba que entonces era él quien ostentaba el poder: “Solo tu puedes desenmascararme con tus facultades, y no puedo consentirlo”, le espetó. Augur comprobó que sujetaba un puñal en la mano derecha, y una parte de los asistentes, también armados, se le acercaban.
Augur reculó unos pasos, se situó en el centro de la sala y exclamó: “Estoy seguro de que mi medio hermano confesó que os puedo intuir, pero observo que no te reveló que os puedo destruir, o no me habrías traído aquí”.
La criatura se detuvo, los otros hicieron lo mismo. Augur doblegó los brazos sobre el pecho y, con los ojos cerrados, comenzó a emitir unos rayos circulares en extremo luminosos que llenaron la estancia, la sobrepasaron, extendiéndose hasta donde se podía ver, y absorbió todo el flujo energético abarcado por su irradiación.
La fuente dinámica que mantenía al impostor se apagó, y también la de la totalidad de las entidades de su condición.
En un instante, el imperio artificial de Mantec quedaba aniquilado.
Los dones heredados de su madre eran más poderosos que los ingenios de su medio hermano.
Se llevó el cuerpo de Mantec a su montaña para enterrarlo al lado del híbrido, casi perfecto, convertido en simple chatarra.
Fin
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