VACACIONES DE VERANO, una pequeña realidad

Las vacaciones, una pequeña realidad que no siempre resulta como se han planeado.

Alfredo llega a urgencias con el aspecto de un aspirante a difunto. Tremendas punzadas en el pecho le impiden la respiración, un sudor frío le empapa la piel mientras todo él se estremece de pánico y las sienes le vibran como tambores asiáticos descontrolados de excitación.

Los sanitarios han tratado de estabilizarlo pero él se retuerce en convulsiones, de las cuales ignora la causa, y no para de espetar incongruencias.

Una enfermera, en el cubículo de urgencias, le explica el protocolo que le practican como primera medida hasta que confirmen el origen de su dolor.

 Apenas comprende nada. Nota como lo manosean, como lo trasladan de la camilla a una cama. Los que lo atienden hablan entre ellos, algunos dan órdenes. Percibe olores que no reconoce, fuertes, penetrantes. El conocimiento le abandona. Las conversaciones suenan lejanas y no es consciente ni de su cuerpo, ni del sufrimiento que le ha obligado a pedir ayuda.

 Una voz le pregunta qué le ha pasado. Él no responde y oye la enfermera que insiste en el interrogatorio. Como suspendido en una nube de confusión, trata de conseguir que las palabras fluyan con naturalidad. No lo consigue.

 Mientras lo manipulan, como si fuera un frágil muñeco de trapo, Alfredo se fuerza a rememorar el motivo por el que ha acabado de aquella manera. Lo hace ofuscado de pensamiento y para sus adentros.

“Yo… seguía el ritual de cada año. La despedida de los compañeros de trabajo representaba el inicio de las vacaciones de verano. Un mes para olvidarme de los clientes, de las reuniones de coordinación, de huir de las relaciones competidoras y arrinconar las actitudes hipócritas. En casa hacía más de dos semanas que se vivía en un ambiente convulso en el cual, los preparativos para el traslado al apartamento de la costa, emulaban las disposiciones más ceremoniosas que se pueda imaginar.

“Mi mujer revisaba el vestuario de baño, como si se tratara del de una boda. Es metódica y muy activa, lo quiere tener todo controlado y para lograrlo siempre se prepara una lista que va desde los productos de higiene personal, hasta las pequeñeces referentes a la cocina o el reposo. Antes de salir de vacaciones, lista en mano, revisa que cada hijo se lleve todo lo que necesita. Para no tener que realizar gastos innecesarios, dice siempre”.

 Interrumpen sus cavilaciones. Lo desnudan, es consciente de ello. Nota una presión en el brazo, y unos puntos de frío en el pecho, pero una voz que parece provenir de otra dimensión le pide que trate de explicarles qué le ha pasado. Permanece mudo.

“Me esfuerzo, pero las palabras se niegan a fluir. La familia, sí, en eso pensaba. El chico, con doce años, solo tiene cabeza para los juegos de ordenador, el patinete eléctrico, la plancha de surf y la preocupación de encontrarse con los amigos de cada temporada, con los cuales emprenderá aventuras, más imaginadas que reales, de las cuales podrá presumir el resto del año.

“La chica, de catorce primaveras, con una apariencia madura e incluso seductora para su edad, ya ha quedado con dos amigas que veranean en el mismo lugar, y se conocen de cuando eran pequeñas, para ir a la playa, jugar a voleibol, asistir a fiestas, privadas o populares, y relacionarse hasta la extenuación con  la juventud del entorno, preferiblemente con las nuevas incorporaciones que añaden un poco de misterio a la temporada.

“La suegra, que aporta el apartamento, de su propiedad, pasa este mes con nosotros, pero yo no estoy obligado a distraerla, es parte del pacto familiar y, además, no le soy muy simpático. Es una mujer vital de setenta y cinco otoños, amante de la playa, el buen comer y las partidas de bridge que ya tiene apalabradas con conocidos del lugar, relaciones antiguas, algunas.

“Mi mujer tiene un círculo de amistades con las cuales navega, celebran almuerzos y cenas comunitarios, noches de playa, realizan excursiones con bicicleta y comentan los cambios.

“Con mi mujer tenemos un acuerdo que viene de lejos. Mi tarea consiste en proporcionar la base económica para que toda la familia pueda tener las vacaciones deseadas. Trabajo todo el año como un burro, como decía mi abuelo. Éste también lo he hecho, por tanto, ahora me toca descansar”.

 Las voces lo envuelven. Respira con dificultad. Se lo llevan del emplazamiento donde lo habían instalado y hablan mientras las luces del techo lo abandonan como si una bandada de pájaros le sobrevolara el entendimiento. El camino es largo, un ascensor, otro corredor, una estancia diferente. Él continúa amarrado a los recuerdos.

“Cuando llegó el día ansiado con el monovolùmen cargado, los pasajeros entusiasmados por el inicio de las vacaciones, yo, acomodado en el asiento único que hay en la trasera del coche, al lado del equipaje, me abandoné a un sueño reparador, dejando que mi mujer condujera hasta el destino. Ni la música de mi hija, ni los tuits-tuits de los juegos del chico fueron capaces de desvelarme. Mi suegra, acomodada en el asiento del copiloto, hablaba sin descanso, tan pronto con su hija como con los nietos, y todos contentos.

“Nos detuvimos dos horas después de salir de casa. Había caravana en la autopista, llevábamos en camino más tiempo del previsto y algunos querían ir al servicio. Yo, medio dormido, seguía a la comitiva. Mientras me tomaba una cerveza en la barra, la niña me vino a buscar porque su madre se había caído en el lavabo, y se había torcido un pie. Resultado, ella no podía conducir, así que lo hice yo. La suegra se marea y tenía que ir delante, mi mujer se sentó detrás de mí, y el chico en la plaza que había ocupado yo. Con la cabeza medio enturbiada por aquellos cambios me añadí a la circulación densa, con el agravante de tener que soportar la verbosidad de la suegra que hablaba medio de espaldas con su hija, directo a mi oreja, además de soportar los comentarios asqueados de todos por la incómoda caravana.

“Llegamos al apartamento una hora y media más tarde de lo esperado, yo irritado. Y para terminar de componer el día, la asistenta que teníamos contratada para encargarse de las tareas de la casa y de las comidas, justo unas horas antes de llegar nosotros, había tenido que volver a su pueblo porque su padre se estaba muriendo, y no había tenido tiempo de avisarnos. La vecina nos dio la onerosa noticia.

“Con la mujer lesionada, me tocó organizar la llegada: descargar el coche, instalación en las respectivas habitaciones, menos la suegra que tiene la suya propia todo el año, ventajas de ser la propietaria del apartamento. Después la visita al médico para que certificara la leve afección de mi mujer, a la cual recetó una semana de reposo, como mínimo. Almorzamos en un restaurante familiar cerca del apartamento. Al acabar, tuvimos que ir al súper para llenar la nevera. Fui yo con mi suegra que no paraba de aconsejar lo que precisábamos, aunque no figurara en la lista escrita por mi mujer, y con el chico que exigía más que la realeza”.

 No lo menean, pero oye el bullicio que lo circunda y percibe movimientos ágiles a su alrededor. Él sigue inmerso en sí mismo.

“La primera noche hice de cocinero, mi mujer apenas se sostenía en pie y la suegra se las compuso para esquivar la misión. En plena madrugada el chico se despertó con vómitos, a buen seguro por las porquerías que había comido, antes, durante y después del viaje. No dormí. A la mañana siguiente mi suegra se percató de que se había olvidado unas pastillas que toma cada día y me tocó ir a buscarlas. En la primera farmacia, cercana al domicilio veraniego, no las tenían, hasta la tercera no las pude comprar; media mañana tirada a la basura. Después de un café rápido, llevé el chico a un curso de vela al cual le había apuntado su madre. Cuando volví a casa ya me esperaban. El calentador de agua no funcionaba. Mi mujer había llamado a los de mantenimiento, pero no los había localizado, le habían dicho que en periodo estival van de cabeza. Todo el mundo tenía cosas para hacer durante la tarde y exigían la comida a la hora señalada. Ejercí de cocinero, de camarero, de lavaplatos, de chofer, puse una lavadora, ayudé a mi mujer a ducharse, fui a recoger a los chicos a la playa y, cuando ya creía que podría sentarme, llegó el turno de la cena. La chica se limitó a poner la mesa y cortar el pan, el chaval se encargó de poner las bebidas y la suegra y mi mujer, sentadas en el sofá daban instrucciones a diestro y siniestro. Todos estaban cansados, el pequeño se durmió en la mesa, como un lirón y sin esfuerzo, la cría no se desenganchaba del móvil, la suegra se retiró temprano y ayudé a mi mujer a meterse en la cama. Entonces arreglé la cocina, recogí el baño y, a pesar de estar exhausto, no pude dormir”.

 ¿Qué le pasa? No se excite, relájese, trate de pensar en alguna cosa agradable.  Oía como le decía una joven con una bata azul. Ahora le haremos unas pruebas, anunció una voz de hombre. A pesar de la recomendación él seguía removiendo recuerdos.

“Nadie se lo podría imaginar. No hubo forma de encontrar una sustituta para la casa. Dos semanas viví sumergido en aquella tortura. La suegra me dirigía como si fuera un esclavo arrastrando piedras para una pirámide; mi mujer se quejaba continuamente de la posición, del calor, de que no la atendía lo suficiente, mientras transportaba los hijos de una actividad a otra como si fuera el chofer de unos excéntricos de Hollywood. Estaba agotado, angustiado y me sentía traicionado. Tenía la sensación de que se reían de mí porque encima se permitían bromear sobre mis capacidades domésticas”.

 La camilla se vuelve a poner en marcha. El que la empuja habla con una joven que camina a su lado. Al darse cuenta de que mantiene los ojos abiertos y los escucha, le piden que les explique cómo ha llegado a aquella situación. Todavía es un diálogo interior.

“Esta mañana, cuando mi mujer ha considerado que ya podía hacerse cargo del veraneo planeado por ella, y además me ha anunciado que finalmente había encontrado una persona para el resto de las vacaciones, se han ido los cuatro a una comida de playa, para dejarme descansar de su compañía, han justificado. Yo, al quedarme solo, he cogido cuatro cosas, les he dejado una nota y, como un desesperado, he corrido hacia la estación. He vuelto a casa en tren, para estar tranquilo y gozar de paz, solo, sin obligaciones, sin alborotos. Sin embargo, en el vagón, viajaba un grupo de jóvenes, extranjeros, que parecían ebrios, hablaban a gritos, escuchaban música de un móvil como si estuvieran solos y dos de ellos, yendo de un lado a otro, trataban de charlar con un grupo de tres chicas sentadas a unos metros de su posición. De pronto, un hombre, con mono de trabajo, por un meneo del tren, se ha encontrado a uno de ellos sentado en su regazo, sonriendo como un crío juguetón, y se ha apresado a sacárselo de encima diciéndole de todo, a pesar de que el joven no le entendía, y encima se carcajeaba de la situación. En su maniobra de librarse del muchacho, al empujarlo, éste ha perdido el equilibrio y ha aterrizado en las piernas de una mujer a la que ha restregado descaradamente los pechos. Una pasajera de físico potente y bastante vigorosa que, enojada por la actuación del joven, le ha atizado una sonora bofetada y, como consecuencia del golpe, el chico ha ido a parar a mis pies y se me ha agarrado a las piernas como si yo fuera una farola. Paralizado por la acción, no sabía qué hacer. Sus amigos se han acercado y con mucha insistencia han logrado que me soltara y medio arrastrándolo lo han aposentado a mi izquierda. Me daba por satisfecho cuando el joven ha apoyado su cabeza en mi hombro y me ha hablado con tono amoroso, aunque no entendía que me decía. La peste a alcohol me ha medio mareado, pero aquella panda reía de la actuación del amigo y, hasta llegar a la estación, no he conseguido sacármelo de encima. He huido del vagón como si me persiguiera un tigre.

“Para acabarlo de arreglar, al llegar a casa, empapado de sudor pero medio tiritando, no sé si del calor, de cansancio, de días de dormir mal o de la experiencia del viaje, me he encontrado la puerta de la escalera destrozada, el portero hablando con unos agentes de la autoridad y varios vecinos enzarzados en una conversación coral sobre el intento de robo perpetrado la noche anterior. Por lo que he entendido, ante la imposibilidad de entrar en la mayoría de los pisos, por motivos ignorados, los ladrones se habían dedicado a destrozar las cañerías y los cables de la luz de la escalera, además de inutilizar los cerrojos con una especie de cera o plástico blando que impedía la entrada a los domicilios. Yo estaba al límite, y cuando el portero me ha visto en aquel estado ha tratado de sosegarme asegurando que ya habían hecho las oportunas gestiones para contratar un servicio de urgencias que, a la mañana siguiente, se personaría en la finca para componer lo más necesario, los cerrojos, las conexiones eléctricas y, si era posible, las cañerías. No sé qué me ha pasado, pero he notado un peso que me oprimía el pecho, tiritaba, y no de frío, la cabeza me daba vueltas y, al final, me he desplomado. El portero de la finca, asustado, ha llamado a urgencias …i…”.

Se acaban las manipulaciones. Lo instalan en una habitación con otra cama ocupada por un hombre adulto que duerme, a pesar del bullicio de su acomodo. Oye voces a su alrededor y un joven que se identifica como médico le habla sin prisa.

     —Señor Robles, de momento lo hemos estabilizado. Ha sufrido una leve angina de pecho, y en el futuro precisará reposo y seguimiento de su médico de cabecera. Para asegurarnos de que todo va bien lo tendremos un par de días en observación. Dado que no tiene antecedentes de esta afectación, según hemos comprobado, no dudamos que se recuperará sin problemas.

 Alfredo esboza una sonrisa. Entonces le llega la pregunta de la enfermera.

     —Señor Robles, ¿quiere que avisemos a alguien de su ingreso? ¿Familia, amigos…?

 Él responde exaltado, como lo advierte el aumento en la frecuencia de los latidos de la máquina que controla su corazón. No desea que llamen a nadie, que ya lo hará él en breve, cuando se encuentre mejor. En unas horas, repite una y otra vez.

 Por la expresión de los que le atienden está convencido de que no comprenden aquella reacción, pero le aseguran que harán lo que les pide porque lo más importante es que no se exalte. Y, a la pregunta de qué le ha pasado, entonces más calmado, relata en pocas palabras el comienzo de las vacaciones y el regreso a la ciudad.

 El médico y la enfermera intercambian miradas. Insisten que descanse y salen de la habitación.

 Alcanzado su propósito, tendido en aquella cama impersonal y con el susurro exterior de idas y venidas, los acompasados pitidos de los aparatos de control y el zumbido interior de los ronquidos mortecinos de su vecino, se rinde a la evasión y trata de olvidar el dolor que le despedazaba el pecho y el mareo que lo ha hecho caer largo como un colchón de playa. Sobre todo, trata de ignorar las dos últimas semanas de vertiginosa actividad que han contribuido a su estado actual.

 La tranquilidad no dura mucho. Un rato más tarde, cuando conseguía disfrutar de una cabezada, se abre la puerta y un griterío inesperado invade la habitación.

 Primero su mujer, que habla tan deprisa que es incapaz de entender lo que le dice, solo pedazos de frases al vuelo “… el portero me ha visado…”, “…me has asustado…”, “…¿qué dice el médico?…       

 Aun medio dormido nota los brazos que lo envuelven y lo sujetan como si pretendiera huir, tan fuerte que casi no puede respirar. Detrás de ella, su suegra reprobando la estupidez de volver a casa dejando a la familia sola, y estropeando las vacaciones de todos. La hija hablando por el móvil con no entiende quien y lamentándose de la interrupción del veraneo que el ataque de su padre ha ocasionado. Y por último, el chaval, con su maquinita de juegos y los tuits que se añaden a los silbidos de los controladores que lo custodian.

 La voz le fluye gastada cuando habla con su mujer, que no lo suelta.

     —¿Cómo habéis sabido que estaba aquí? Le he pedido al médico que…

     —Querido, por el portero de la finca. Nos ha llamado cuando se te han llevado y hemos venido tan rápido como hemos podido. Eres un imbécil, Alfredo. ¿Cómo has podido marcharte así? Me he enfadado tanto que no quería hablar contigo, pero…

Nota como los pulsos se enervan y el dolor en el pectoral aumenta imparable. Le invade un ardor asfixiante, se le va la cabeza y un temblor le recorre el cuerpo. Una alerta, como el grito de espanto de una chiquilla asustada, continuada y aguda, se dispara cerca de él. Todos se lo miran. Un médico se precipita en la habitación seguido de dos enfermeras.

 Los miembros de la familia están muy alterados y hablan entre a ellos, a gritos y muy nerviosos. Al percatarse del panorama, el médico ordena que desalojen la habitación. Inspeccionan a Alfredo, lo manipulan, comprueban los controles. El médico levanta la cabeza y ordena.

—¡Rápido, tenemos un infarto!

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato audiolibro AQUÍ

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.