AMIGOS, RELACIONES Y SECRETOS – Capítulo primero (novela de reciente publicación)

Todos tenemos secretos. ¿Pero qué ocurre cuando empiezan a salir a la luz?

En Amigos, relaciones y secretos, un grupo de hombres se reúne cada tarde en el hostal del pueblo para jugar, bromear y recordar viejos tiempos. Son amigos de toda la vida. O eso creían. Un día de lluvia, una noticia inesperada rompe la rutina y abre grietas en la fachada de esta amistad aparentemente inamovible.

I

El hostal de Adrián, el legado de su tía Flavia, concentraba una buena parte de la vida social de la localidad. Durante la primavera y el verano, paseantes, excursionistas, visitantes ocasionales o simplemente perdidos, se detenían para comer algo o alojarse en el establecimiento decimonónico, haciendo insuficientes las doce habitaciones de que disponía.

Con la llegada del otoño y, sobre todo, del invierno, cuando las bajas temperaturas y la intemperie de los elementos abocaban al refugio y a las bebidas calientes, la gran chimenea de la sala bar y restaurante invitaba a la intimidad. Casi cada tarde, dos o tres mesas de vecinos del lugar se entretenían jugando al dominó o a las cartas. En todo caso, locales y forasteros podían disfrutar del calor que ofrecía el recinto y de las comidas bien elaboradas que Tomás, el cocinero joven y voluntarioso, ofrecía a los clientes, además del eficiente servicio de su pareja, Olga, una joven atenta, pero contenida, que se ocupaba del bar. Los pocos huéspedes que se alojaban en aquella época, entrado el otoño, vagaban por los alrededores del pueblo.

Adrián era el único que se hallaba en el interior, a aquellas horas, justo en la mesa redonda del fondo de la sala, que siempre se mantenía reservada para el grupo de amigos, y que parecía una especie de tribuna desde donde dirigía el local. Permanecía sentado en un rincón, con una taza de café humeante delante, un cigarrillo apagado que se le consumía en los labios desafiando la prohibición legislativa, las piernas estiradas y la mirada perdida en un punto incierto de los muchos que ofrecía el gran ventanal, detrás del cual podía contemplar el paisaje nublado que desde allí se avistaba: la calle con media docena de árboles japoneses de color de vino viejo, y las casas del otro lado emboscadas por el ramaje. Detrás de él, solo el ruido de platos y vasos producido por Olga que trabajaba en la barra, y de fondo el olor de unas comidas que se preparaban en la cocina para la cena de la noche.

Sumido en unos pensamientos que aquel día no podía evitar, veía cómo los viejos temores se abrían camino, y el momento de enfrentarse a las verdades ocultas se aproximaba. Siempre había imaginado que los secretos escondidos durante los últimos cuarenta años un día u otro le pasarían factura. A pesar de todo, tal como iban las cosas, había llegado a pensar que moriría antes de tener que encarar las consecuencias de sus actos. No quería ni reproches ni agradecimientos, pero la llamada del abogado, de hacía unas horas, lo había preocupado.

Inmerso en aquellas cavilaciones sintió la puerta que se abría y Olga que saludaba. El reloj de pared, encima de la barra, marcaba las cuatro menos cuarto. El cielo estaba cerrado y gris.

*

Podía percibir cómo Juan refunfuñaba sobre el tiempo y a continuación se interesaba por la salud de la camarera y por la previsión de cena de aquel día. Lo vi bien abrigado, un poco exagerado, quizás, pero era su estilo. Aborrecía el frío y todo aquello que rodeaba el otoño y el invierno. Era pájaro de primavera, como él mismo se autodenominaba. No tuvo que buscarme, sabía dónde estaba.

—¡Eh, Adrián! ¿Qué haces tan solo? ¿Dónde están los demás?

—No lo sé. A estas alturas, otros días ya habríamos jugado media partida.

—Pues te haré un poco de compañía, si quieres; he quedado con un cliente a las cuatro, y aún es temprano.

—Siéntate, Juan.

Antes de llamarla, Olga se nos acercó para ver si queríamos tomar algo. Juan le encargó un café y este, después de repasar a la chica, como de costumbre, se fijó en el chisporroteo de gotas que golpeaban las vidrieras de los ventanales, cada vez con más intensidad. Se quitó la gruesa chaqueta de cuero, que depositó con cuidado en otro asiento y, después de arreglarse la americana y abrigarse el cuello con la bufanda, no se contuvo.

—¡Caramba! He llegado justo a tiempo. Ahora empieza a llover con ganas. Aunque todo el día que amenaza. Esta mañana ya lo habían anunciado en las noticias, que llovería de verdad.

—Sí, es cierto, Juan. El otoño se impone. Los días cortos nos vuelven perezosos, y el frío nos deja aletargados. Tomás se quejaba esta mañana de que el aceite de una paella se había helado y, según él, es una señal de que el invierno no tardará.

—Lo lamento, ¿sabes? Yo soy un amante del verano, del buen tiempo, de las mangas cortas, sobre todo de la luz. A mí el invierno me agobia, y no me inspira en absoluto, ni para el trabajo ni para nada. No lo debes recordar, pero yo de pequeño, cuando llegaba el frío, me pasaba días en la cama con anginas y resfriados.

Convine con un ligero movimiento de cabeza. Claro que lo recordaba, como si fuera ayer. Juan siempre había sido muy sensible, y algunos compañeros se burlaban de la delicadeza, un poco femenina, de su figura, no muy alto y enjuto como un junco.

 Ensimismado en aquel pensamiento percibí, detrás de mí, una voz enronquecida y, a pesar de todo jovial, que atrajo nuestra atención.

—A ti, Juan, lo que te pasa es que te haces viejo.

Nos giramos para recibir al amigo que entraba al bar. Me levanté de la silla y fui el primero en saludarlo.

—¡Hola, Leal! ¿Cómo va eso?

—Todo bien, Adrián, por fin he llegado. Buenas tardes, Juan.

Con un hombre sentado a cada lado, en animado intercambio de saludos, y sin dejar de observar la lluvia que se había adueñado de las calles, me di cuenta del ligero jadeo del recién llegado, y me interesé por él.

—¿Te ha pasado algo?

—No, hombre, no. La intensidad del agua, que me ha hecho guarecer bajo un balcón para ver si remitía y, ha sido inútil, me he mojado. No he atinado en coger el paraguas y no puedo esconder la barriga. Mirad cómo voy.

Juan se rio del comentario y me miró.

—Leal tienes que hacer como Adrián. Obsérvalo. Cada día más delgado y esbelto. Aunque debe ser la tormenta, o que toma poco el sol, porque está un poco pálido. Pero conserva la buena planta, todavía, y bastante cabello. Esas ondulaciones grisáceas, aunque no sean muy atractivas, siempre lo han favorecido. Deberías adelgazar, doctor.

Leal se encogió de hombros y cambió de tema.

—¿Los otros?

—Ahora lo comentábamos con Juan, que todos llegáis con retraso. Debe ser culpa del mal tiempo.

Removía con poca gana el vaso de café y observé a los compañeros, el uno despotricando de la remojada, con la barriga húmeda como si hubiera lavado un centenar de platos sin delantal, y el otro empeñado en ponerse la bufanda de forma que le tapara bien el cuello sin ahogarlo, pero no de cualquier manera. La apariencia había sido la máxima preocupación de Juan, desde que éramos unos adolescentes, y aún era muy importante para él.

A un gesto de Leal, Olga respondía sirviéndole una taza de té caliente con limón, que él cogió con avidez, mientras continuaba la conversación.

—¿Y tú, Juan, te has perdido hoy por aquí? No te he visto nunca por la tarde, tan temprano, entre semana, y tan compuesto. ¿Vas de fiesta?

—No, Leal. Tal como le he explicado a Adrián, he quedado con un cliente, interesado en la torre de los Murat, y el hombre, justamente, me ha citado en este local, que parece que es uno de los pocos lugares que conoce del pueblo.

—¡Pájaro de buen gusto debe ser! Bien hecho. Entre tanto no llega, charlaremos.

Decía esto mientras su mano, temblorosa por un parkinson que se había autodiagnosticado hacía unos meses, y no podía disimular, alzaba con cuidado la taza acercándosela a la boca. Apenas había terminado el sorbo, cuando Héctor y Lucas cruzaban la puerta del establecimiento, seguidos por los componentes habituales de la mesa del dominó que también entraban abominando de la lluvia. Los jugadores, una vez acomodados en la más cercana a la chimenea, se concentraron en las partidas que casi parecían olímpicas y que tantas discusiones les reportaban. Nuestros amigos se acercaron entusiasmados.

—¡Ya estamos aquí, viejas glorias!

Anunciaba Héctor con la mano extendida y su tono fanfarrón dispuesto a encajar con los presentes, mientras nos salpicaba con las gotas acumuladas en el tres cuartos de lana. Juan le extendió la suya.

—¿Qué, os habéis empapado?

Fue Lucas quien respondió, con la expresión cansada de siempre.

—Pues claro que no. Yo he salido de casa con paraguas, por si acaso, y aún no había empezado el aguacero. Cuando he pasado por donde Héctor ha empezado el primer chaparrón, pero íbamos preparados. Soy muy previsor, yo.

—Anda, pues, tomad asiento que el café de Olga os reanimará.

Lo dije mientras retiraba el periódico de la silla cercana a Juan. Hablaban entre ellos, renegaban del mal tiempo y se sentaban, cada uno en su lugar, como si estuviéramos en la escuela. Hacía más de treinta años que habíamos iniciado aquellos encuentros. Unos días todos, otros días los que podíamos, pero siempre me había intrigado que cada uno ocupaba su asiento. Nadie había fijado ninguna norma, ni ninguna jerarquía, en cambio se mantenían las posiciones como si fueran de propiedad. Al sentarse, Héctor, alocado y malicioso, tomó la palabra:

—¿Sabéis ya la nueva que corre por todo el pueblo?

Como aquella mañana no me había movido del establecimiento no estaba al corriente de las novedades, y me mantuve expectante. Los rostros interesados de los contertulios respondieron con el silencio más explícito, pero Leal se mostró portavoz de la curiosidad general.

—No, Héctor, no la sabemos. Explícate.

—Allá voy. Esta mañana, en el estanco de Ernesto, me he enterado de que Gerardo, el farmacéutico, ha huido con la mujer del secretario. ¿Qué os parece?

—¿Es cierto eso? ¿Carmela? Esta mañana he ido a la panadería y no he oído ningún comentario.

—Ya te lo puedes creer, Juan. Después del estanco, y justo volver a casa, la mujer también me lo ha explicado. Todo el mercado hablaba de ello, y en el súper de Lucas lo han referido dos clientas. Huyeron ayer sin decir nada a nadie, pero esta mañana parece que Carmela ha telefoneado a la hija y la niña ha corrido al ayuntamiento para decírselo a su padre. La muchacha solo tiene doce años y poca prudencia. Todo el mundo lo ha oído.

Contemplaba el círculo de amigos que, una vez más, cotilleaban sobre los asuntos del pueblo. Mucho tiempo libre y lengua larga, pensaba yo. Cada tarde necesitaban algún chismorreo jugoso para amenizar el encuentro. Propósito muy difícil porque la localidad no era demasiado grande y, además, había un montón de casas esparcidas por la montaña, fuera de su alcance. Por ese motivo, de vez en cuando, recibía uno de nosotros mismos. Me giré hacia Lucas cuando este declaraba.

—Pues, yo, esta mañana, he estado en el ayuntamiento, y nadie me ha hecho ningún comentario. Es muy extraño.

—Y… ¿has visto al secretario, cuando has ido?

—No, Juan. He subido directamente al primer piso, donde tenía que realizar unas comisiones, y ni siquiera me he fijado si estaba en su lugar. ¡Qué escándalo! Nadie lo hubiera dicho.

Héctor con su hablar provocador sentenciaba.

—Era de esperar. Aquella mujer era demasiado hembra para tan poco burócrata. Cuando te miraba con aquellos ojos negros y envenenados, te obligaba a pensar unas cosas… y a desear. ¡Mal aprovechada!

Leal se movió en la silla indignado por la expresión del compañero.

—Héctor no seas vulgar y explícate mejor. Yo no había oído comentar nunca nada acerca de ella. Ni en este sentido ni en ningún otro, salvo que es una mujer guapa. Y de él, sinceramente, aún me lo hubiera imaginado menos. El farmacéutico siempre ha sido muy de su familia, y bien comedido en todo.

—Tú, Leal, porque eres un buenazo, pero aquella mujer traslucía sexo y deleite, y su marido no llegaba, ya se veía. Y además ten claro que, en este pueblo, como en tantos otros, ocurren más cosas de lo que parece a primera vista, o de lo que tú llegas a saber.

—No te entiendo, Héctor. ¿Qué quieres decir? ¿A qué viene esta sonrisa tuya? ¿Es que sabes más cosas que nosotros?

Los vi un poco exaltados. Todos exigían aclaraciones sobre aquellas insinuaciones. La partida podía esperar, porque no sucedía muy a menudo un asunto tan interesante como el que se comentaba. Lo cierto era que más de una vez yo también había pensado que una mujer como aquella, «de bandera», que hubiera dicho más de uno, casada con un hombre bueno, pero manso, podía revolucionar un lugar como aquel. Lo hizo desde el primer día que residió en el pueblo, cuando llegó, después de casarse. Era una lástima porque el secretario siempre había sido un tipo legal. La voz de Héctor planeó por la sala que resonaba en la vacuidad.

—Mira, Leal, muchos de nosotros nos limitamos a dejar pasar los días, justificando mejor o peor el vivir con las obligaciones familiares, el trabajo, los compromisos, la rutina, quizás con alguna escapada. Resumiendo, una vulgaridad de hechos, si te lo miras fríamente, que llenan nuestras horas, y que, a pesar de todo, aceptamos como válidos sin pedir más. Otras personas, sin embargo, no pueden o no quieren soportar esta forma de ser imperturbable, de sucesos aburridos, y necesitan buscar otros motivos para luchar, para vivir, y qué sé yo, quizás para seguir adelante con un poco de esperanza o de alegría para el cuerpo.

Lucas, que se había mantenido silencioso, lo interrumpió con un vigor inesperado.

—Bien hombre, bien, todo esto que has expuesto con tanta poética que pareces un conferenciante es muy romántico, Héctor, pero quizás ves demasiadas películas. El hecho es que el boticario tiene dos hijos, y ella tiene una niña, y al abandonarlos para buscar estos motivos que tú tan bellamente supones, creo yo que se han comportado como criaturas alocadas, por suavizar, porque creo que lo han hecho como dos cerdos. Contando también con la posición en que quedan los dos respectivos cónyuges, que debe ser bien penosa. Quizás sí que más de uno de nosotros, los que estamos aquí, en un momento de debilidad ha estado tentado de dejarlo todo, pasar página e irse a correr mundo detrás de una cara bonita, unos buenos muslos y unas experiencias nuevas; y, a pesar de cavilarlo, no lo hemos hecho.

Leal sonó intrigado.

—Caramba, Lucas, ¿es que tú has considerado alguna vez cometer una calaverada como esta?

Una disertación inesperada que me sorprendió y también me mantenía al acecho de la respuesta. No recordaba que mi amigo, de habla sosegada, se hubiera excitado con la charla habitual de Héctor, siempre punzante y buscando remover polémica. Observé que los otros estaban igual que yo, cuando oí a Lucas que respondía a la interpelación.

—No he dicho que lo haya pensado yo, precisamente, sino que quizás todos nosotros lo hemos hecho en alguna ocasión. ¿O no es cierto?

El tintineo de la campanilla de la puerta, acompañado de un trueno de fondo, nos hizo girar para ver quién entraba.

**

Esta novela acaba de salir publicada por la Editorial Círculo Rojo.

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.