CONVERSACIÓN ROBADA, una pequeña realidad

Gran parte de nuestra vida somos meros espectadores y, en ocasiones, como sucede al protagonista de esta historia, lo que vemos u oímos nos sugiere intimidades deseadas, cuando no envidiadas.

La sala de exposición estaba vacía. Las fotografías de diferentes tamaños, en blanco y negro, vestían las paredes de escenas variadas. Recorrí el primer tramo sin que ninguna de ellas llamara mi atención, no de una forma especial, a pesar de que conocía y apreciaba el trabajo del creador.

Una música de piano, casi inaudible, acompañaba el recorrido.

Al llegar a la pared del fondo me encontré frente a cuatro reproducciones de exteriores, de gran formato, donde aparecían paisajes con figuras que transitaban por ellos. Uno de ellos me cautivó. Era un contraluz exagerado. Me embelesé en su contemplación.

Me senté en un banco justo en medio de la sala que me permitía observar desde unos tres metros aquella reproducción. En primer plano, y con gran calidad, podía apreciar un sendero pedregoso donde cantos y arenisca conformaban una alfombra asilvestrada que hería al caminar. Hasta el detalle exquisito de las sombras de las piedras más ínfimas me llegaba provocador. Dominaba un cielo de sol deslumbrador del blanco más puro.

En segundo plano, perdida la máxima definición, el sendero se bifurcaba y en cada uno de los ramales, una figura, humana sí, pero ambigua, andaba hacia el astro que, a pesar de la fortaleza, se difuminaba forzado por la técnica confiriendo un resplandor esférico al fondo de la representación.

Me permití construir una historia sobre aquella visión. Dos personas que se alejaban por derroteros diferentes, tal vez enemistadas. Dos vidas divergentes que al anochecer existencial descubrían la imposibilidad de seguir compartiendo las rutinas cotidianas. ¿Quién sabe? Una concepción poética aunque pesimista que seguramente no coincidiría con la del autor. En todo caso, me invadió una melancolía perturbadora.

La abstracción en mis elucubraciones me impidió advertir que una mujer se había situado frente al ramal de la derecha y contemplaba la reproducción con tanta o más concentración que yo.

La observé con detenimiento. Debía tener unos cuarenta años, los cabellos muy cortos y rizados. Una figura esbelta, de formas redondeadas. Llevaba una bolsa en bandolera y una falda ceñida a las piernas.

Por un momento me la imaginé traspasando la realidad para adentrarse en la fotografía. No desentonaría la figura de espalda, poco iluminada porque en las galerías la luz siempre es tenue. Me preguntaba que camino escogería.

Me distrajo el sonido de unos pasos que se acercaban a la mujer. Una joven, de unos veinte o menos, se agachó y recogió un papel del suelo. Se dirigió a la de los cabellos cortos con un tono cordial.

─Me parece que esto es suyo.

─Sí, gracias, eres muy amable.

La recién llegada se situó ante la fotografía, justo a la izquierda. Era muy delgada, de cabellos largos y lisos, vestía unos pantalones anchos y oscilantes, portaba una mochila a la espalda y sujetaba una bolsa con dibujos étnicos bajo el brazo.

Se hizo el silencio, solo las notas insistentes del piano rompían el respirar. Éramos tres personas incorporadas al gran formato que nos había abducido. Las miradas clavadas en las figuras que de tanto observarlas habían adquirido un cierto movimiento desafiando la concreción de la instantánea.

De golpe, un sollozar discreto se confundió con la melodía. La joven delgada se aproximó a la mujer de los cabellos cortos que conservaba el papel en la mano, lánguido como el pañuelo de una belleza decimonónica.

─Perdone, ¿se encuentra bien? ¿Puedo ayudarla?

Me incorporé a la escena, espectador a distancia. La mujer de los cabellos cortos se sosegó.

─Sí, gracias. No es nada grave. El papel que se me ha caído es la firma de mi divorcio. Hace dos horas que lo he firmado y, a pesar de desearlo, estoy acobardada porque ahora estoy sola. Porque es un cambio total. Estoy asustada, por eso lloro.

La joven la cogió del brazo.

─Lo lamento, pero tal vez ahora podrá comenzar de nuevo y podrá escoger como lo quiere hacer.

La mujer de los cabellos cortos se la miró, yo también. Era una frase hermosa, incluso alentadora. La afectada, más tranquila habló con dulzura.

─La visión de la juventud es gratificante. ¡Gracias! Pero te pido perdón porque no nos conocemos y te he implicado en mi angustia.

─No tiene que preocuparse por eso. Las mujeres hemos de ayudarnos. Por cierto, soy Mar. ¿Te importa si te tuteo? Eres muy joven y me resulta extraño hablarte como si fueras un obispo.

─Claro que sí. Yo me llamo Iris y te agradezco el interés.

Intercambiaron sonrisas con una complicidad estimulante. Entonces contemplaba la escena con más curiosidad que la que me había inspirado la fotografía. ¿A dónde conduciría aquel encuentro? Parecían cómodas hablando.

─Escucha, Iris, yo tengo un par de horas libres, he quedado con unos amigos para cenar esta noche, pero tal vez te apetecería que tomáramos algo y habláramos un rato. A veces va bien expulsar lo que nos disgusta y conversar con una extraña a menudo es más fácil que hacerlo con una conocida. ¿Qué te parece? Aquí cerca hay unas terracitas muy acogedoras.

La mujer de los cabellos cortos parecía pensativa, yo también. Se fijó en la joven, distinguí en ella una sonrisa y antes de hablar acarició la mano de la compañera que permanecía sujeta a su brazo.

─Pues, sí, acepto, pero no quiero que hablemos solo de mí, me gustaría que me contaras cosas tuyas. ¿Es posible que seas fotógrafa? Podría ser, ya que has venido a ver la exposición.

Yo esperaba la respuesta. Me hubiera apetecido acercarme a ellas y pedirles que me dejaran acompañarlas. No lo hice, claro.

Anduvieron hacia la salida, pero aun tuve tiempo de oir como la joven comentaba que era alumna de una escuela de fotografía y siempre que podía recorría las exhibiciones que se presentaban en la ciudad para estar al día de las novedades. A su vez, la mujer de los cabellos cortos explicaba que ella trabajaba en una productora de audiovisuales como guionista o algo parecido, entendí, porque ya se encontraban demasiado lejos para captar la conversación.

Me giré hacía la fotografía. Los senderos divergentes en la fantasía se habían tornado en unos caminos convergentes en la realidad.

Ahora, mis elucubraciones se adentraban en el encuentro fortuito de las dos mujeres. ¿Hasta dónde llegaría aquella vía compartida? Sentí el impulso de pensar que incluso más allá de un simple conocimiento, tal vez se consolidaría una bella amistad, quien sabe si sobrevendría algo más que una poderosa relación que ambas descubrirían al intimar.

Salí de la sala. El aire del exterior era frío, muy frío, pero yo mantenía una calidez en el corazón que la contemplación de aquel dueto me había inspirado.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato audiolibro AQUÍ

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.