La modelo ofrece su imagen a la reproducción artística, aunque a menudo la sorprenden con resultados inimaginables.

Expuesta ante extraños que aspiran a ser expertos de la paleta, estreno la jornada singular a la que me he abocado voluntariamente. Han preparado un sitial de talante exótico, con tejidos de seda coloreados y de estampados varios que cubren el asiento para esconder la vulgaridad de una butaca de madera y enrejado de mimbre.
Me envuelve un decorado que no tiene más interés que la capacidad de sostener el cuerpo estático, en este caso el mío, conformador de una figura impávida de emociones.
Una gran claraboya en el centro del techo ilumina aquel lugar, única claridad de la sala.
Me acerco a la tarima donde me espera la escenografía escogida para la sesión y espero las instrucciones del maestro que se dirige a una docena de alumnos, entre los cuales hay tres chicas, dispuestos en forma de media luna alrededor de la muestra. Han de aprovechar la luz natural, explica a sus discípulos de caras expectantes, por aquel motivo comienzan temprano, y trabajarán hasta que el claroscuro les impida pintar.
Me apropio de la advertencia, a pesar de que ya me habían avisado de que la jornada sería continuada y dura y sólo habría un par de momentos de descanso, cinco minutos justos para un sorbo o evacuar. Da lo mismo, mi preparación física es perfecta, y me irán de perlas los emolumentos que recibiré por aquel día y por tres sesiones más, en las próximas semanas.
Me desprendo de una especie de albornoz de algodón arrugado, en extremo grasiento , que no es a la primera que cubre. En el bolsillo aún conserva un pañuelo de papel con unos labios estampados por una anterior modelo liberada, seguramente, de artificialidades polícromas.
El profesor, con la mirada fría y el rostro enjuto, se gira para darme instrucciones de pose y gesto, mientras oigo como advierte a los alumnos, del todo centrados en los preparativos de los utensilios, que han de tener en consideración los cambios de luminosidad a lo largo de la jornada.
Sus indicaciones materializan una figura sentada, con una pierna encogida reposada sobre el asiento, los brazos abrazando la extremidad alzada y el rostro un poco inclinado hacia los espectadores, pero inanimado, como si fuera una escultura de piedra.
A pesar de que encajo en los propósitos y lo veo complacido en sus pretensiones, no me atrevería a aspirar a ser una Galatea. Los cabellos desplazados al lado invisible del cuerpo no aportan ni movimiento ni composición, pero mis rizos largos y negros reciben la aprobación del maestro que deja descansar un par de ellos sobre la espalda.
Su toque de atención obliga a los artistas a contemplar el sujeto de reproducción, un yo convertido en objeto de copia y listo para ser inmortalizado en lienzos vírgenes.
Turbada, en un primer momento, por la desnudez de mi cuerpo, que ha saboreado antes las delicias de una playa nudista, donde se diluía como el resto de componentes del paisaje, me doy cuenta de que la observación, en general, es distante, casi indiferente.
Solo una de las mujeres que está situada a mi derecha parece más incómoda que yo misma. Actitud recriminada por el preceptor que la regaña y la conmina a distanciarse del ser concreto y comenzar la obra.
Inactiva de físico, el cerebro se dispara. En lugar de posar para aquellos aprendices de Goya, si considero mi color epidérmico, podría estar en el supermercado del barrio donde trabaja mi prima, sustituyéndola durante unas semanas porque está de baja por una intervención quirúrgica. No es tan artístico, ni tan provechoso en el aspecto económico, pero tal vez hoy, cuando acabe la sesión, me habré arrepentido de no haber aceptado la reposición de productos alimentarios, menos exigente para el cuerpo y permisivo con las necesidades naturales.
Pensaba que yo sería la única que agradecería el primer descanso, pero observo como la mayoría de los asistentes realizan movimientos de estiramiento y se friccionan las extremidades, obligándoles a recuperar el riego sanguíneo. Algunos, como yo misma, atienden la llamada de la naturaleza, otros se restriegan los ojos forzados al límite, todos aprovechando el tiempo. Los cinco minutos, que pueden parecer un segundo ante las exigencias de la sesión, son bien recibidos.
Guiada por el maestro, recupero la esfinge original y me sumerjo en la abstracción más absoluta para repasar los resultados de mis exámenes y los proyectos para el verano que está a punto de comenzar. He de mantener el entrenamiento para el último curso de profesora de educación física, no puedo bajar la guardia, lo llevo demasiado bien para hacer tonterías. Por otro lado, tengo la oferta de mi hermano para ayudarlo en el restaurante que dirige, con una buena compensación. Además, el jefe de mi hermano me ha ofrecido el puesto de monitora en unas colonias de veraneo. Cuando termine este trabajo, si se puede llamar así, he de decidir y escoger.
Un pequeño alboroto interrumpe mis cavilaciones. Uno de los aprendices se ha visto afectado por un pinzamiento muscular en la extremidad creativa y ha tenido que salir de la estancia para recuperar la movilidad. El maestro lamenta estas paradas imprevistas que obstaculizan la inspiración, alude quejoso. Sonreiría ante el comentario, tal vez exagerado, pero me ha advertido insistentemente sobre los cambios de expresión facial.
Unas nubes providenciales acortan la sesión en casi dos horas. No soy la única que mira al cielo, o diría que los pintores noveles lo hacen en agradecimiento porque no están acostumbrados a jornadas tan prolongadas. Para mí representa menos tensión, nada más, la retribución es la misma. El único que parece molesto es el profesor, pero contra natura no se puede luchar. He escuchado que uno de los alumnos le ha preguntado si no podían continuar con luz artificial y el hombre ha adquirido una tonalidad biliosa que me ha sobrecogido. Se ha contenido, es cierto, y ha tratado de hacerle comprender al temerario los pros y los contras de aquella impensable posibilidad.
Ahora que estoy aquí, sola en la sala, vestida con el harapo algodonoso, estiro todo mi cuerpo, lo flexiono y también las extremidades. Muevo la cabeza en círculos para aliviar la tensión del cuello y respiro hondo.
El silencio es reparador y al mismo tiempo curioso porque me doy cuenta que a lo largo del día me he acostumbrado al restregar de los pinceles buscando y mezclando el material en la paleta y extendiéndolo a continuación por la tela, lo he hecho de forma inconsciente. Ahora que estoy inactiva, sin embargo, añoro la presencia del rumor artístico que reproduce la imagen contemplada.
Los caballetes reposan silenciosos a mi alrededor, ofreciéndome el torso impersonal de las telas y, por primera vez, siento la curiosidad de contemplar las obras que ha inspirado mi representación.
Me acerco con prevención porque no se si estoy preparada para ver mi desnudez exhibida en aquellas composiciones. Las nubes se dispersan y una pincelada de luz penetra en la sala, suficiente para que pueda observar el fruto de la jornada.
Uno tras otro recorro los cuadros inacabados que reposan indiferentes en los soportes de madera. Al finalizar el recorrido, justo ante la obra de la chica que me miraba con aquella disconformidad, me invade una risotada, grosera de tan potente, y salgo de la sala con el propósito de buscar información sobre el cubismo. He oído hablar sobre ello al preceptor, por la mañana, y sobre todo de su manifestación práctica, pero no lo he entendido porque ni yo misma sería capaz de reconocerme entre el cúmulo destruído de líneas, círculos, triángulos y cuadrados coloreados en que han descompuesto mi realidad.
Fin
Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato vídeo/audiolibro AQUÍ
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