«SENCILLAMENTE AMOR», una pequeña realidad

El amor perdurable, a menudo una quimera, en ocasiones se convierte en el único motivo para vivir.

Arnau hacía días que preparaba aquella fecha: el aniversario de su esposa, Agustina.

En los cincuenta años de matrimonio siempre había sido un día especial.

Se había hecho repasar la ropa por la lavandería del barrio que lo atendía de forma regular. Había escogido la que más le gustaba a Agustina, en particular, la americana azul marino que ella le había regalado.

Por la mañana había visitado la barbería de su amigo Ildefonso. Después había recogido el ramillete de rosas en la floristería de Ramona, conocida de muchos años. Eran rosas amarillas, pequeñas, de tallo corto y con las hojas prietas, las preferidas de su esposa.

Salía de casa bien arreglado.

Había llegado temprano porque apenas había tráfico.

La primavera los favorecía y, sentado cerca de su amada, bajo el cálido sol de abril, le había contado un sinfín de novedades, mayormente de la familia.

El nombramiento como director de la empresa, de su hijo. El confirmado enlace de su nieta mayor, en octubre. El viaje de los gemelos a Inglaterra, para aprender el idioma.

—Claro, eso quiere decir que aún los veremos menos, pero, ¿qué quieres? Es su vida. Son jóvenes y es su momento.

Había un tono de tristeza en aquellas reflexiones. Pero se le iluminaba el rostro cuando hablaba de Ferriol, el menor de los nietos, de dieciocho años. Siempre tenía detalles con ellos, y los visitaba a menudo, para comer juntos o una escapada para saludarlos y conversar.

—Si lo conseguía, sería un buen médico. Pero me gustaría que no perdiera nunca esa bondad que rezuma todo él.

Palabras que pronunciaba llenas de ternura y compartía con ella.

De hecho, le había comentado a Agustina que la mañana siguiente Ferriol pasaría a felicitarla.

El vigilante avisó Arnau que había terminado la hora de visita. Lo acompañó hasta la puerta. La reja chirrió cansada y una sonora vuelta de llave lo dejó solo, en la acera.

Oscar, el taxista que vivía en su escalera, era quien lo llevaba y lo traía de aquellos encuentros, desde hacía ocho años.

El hombre lo ayudó a colocarse en el ojal la rosa que había cogido de recuerdo.

Pesado y abatido se instaló en el asiento trasero del taxi. Oscar lo veía por el retrovisor. Sabía que Arnau no podía contener el llanto cada vez que se alejaba de su mujer. Veía las lágrimas deslizarse por sus mejillas y algunas caer sobre los pétalos de la pequeña rosa.

Cuando el coche arrancaba, Arnau se giró extenuado para contemplar la puerta del cementerio y envió un último beso a su esposa.

El chofer aún pudo escuchar las palabras de angustia de su amigo, antes de que el motor ahogara cualquier sonido:

—Soy viejo. Me siento solo. Te añoro, Agustina.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato video/audiolibro AQUÍ

Deja un comentario

About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.