«AL LÍMITE», una pequeña realidad

Los maltratos en el seno de la familia a menudo empujan a las víctimas a reacciones desesperadas.

Miguel estudiaba en su habitación cuando oyó golpes en la entrada del piso, y el alboroto de alguien que hablaba a gritos.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Las manos temblorosas repicaban sobre el teclado como si mil escarabajos caminasen por un suelo de mosaico. Presentía de quien se trataba.

Se dirigió a la ventana para ver la entrada. Había vuelto. Su padrastro se peleaba con la cerradura. La punzada en el estómago lo dobló, notó una fuerte presión en el pecho, y un ahogo que lo asfixiaba. “!Elisa, abre¡”, barboteaba el hombre, mientras golpeaba la puerta.

 Hacía semanas que no sabían nada de Damián, pero había vuelto. No podía entender porque su madre se había casado con aquel energúmeno, a pesar de que ella lo justificaba diciendo que lo había hecho sobre todo por él, ya que con su padre muerto, y los pocos ingresos, necesitaban un hombre que velara por la casa.

 Una buena intención mal acertada, pensaba Miguel, ya que al cabo de pocos meses de casados Damián mostró su rostro más oscuro: la bebida lo dominaba y perdía un trabajo tras otro. Su madre buscó un empleo adicional para conseguir el dinero que el marido no aportaba al hogar. Además, tenía que soportar la rudeza con que la trataba en la intimidad.

 Miguel había suplicado a su madre que lo echara del piso, sin comprender la tolerancia de ella hacía Damián. Incapaz de soportar la situación, durante el día Miguel permanecía en la escuela, o se quedaba en la biblioteca pública hasta tarde, pero de noche, el piso era pequeño, muy pequeño, y las paredes delgadas. La voz estridente del hombre atravesaba los finos muros: “Elisa, puerca, ni esto sabes hacer…, te cascaré, si lloras… ni para furcia servirías”. Los gemidos de su madre le llegaban mortecinos, pero incesantes.

El último año, Damián bebía más que nunca. Los maltratos se acentuaron, y el día que Miguel se atrevió a intervenir, acabó con morados en el cuerpo, una muñeca dislocada y una oreja resquebrajada. Su madre no quiso denunciarlo, pero el médico que atendió al muchacho aceptó con reticencias las explicaciones que Elisa le dio. Él lo corroboró porque lo único que deseaba era que hubiera paz en la casa, y porque su madre le aseguraba que Damián, en cuanto consiguiera un trabajo, cambiaría. No entendía aquella complicidad silenciosa, pero confiaba en ella y, además, deseaba creerlo.

Hacía más de dos semanas que Damián no paraba por la casa y no se le esperaba. Miguel había rezado para que no volviera. Sin embargo, la pesadilla estaba allí, de nuevo.

 Miguel veía las siluetas de algunos vecinos tras las ventanas que, como la suya, daban al rellano.

Las borracheras del hombre las padecían todos los de la escalera cuando, ebrio y con paso falso, golpeaba las puertas, insultaba y, si alguien salía a interesarse por lo que pasaba, corría el peligro de recibir injurias, en el mejor de los casos.

 Como el pobre Antón, cuando hacía poco más de medio año le rompió el brazo al acudir en defensa de Elisa. No lo denunció porque ella le rogó que no lo hiciera, y porque se conocían desde que eran unos críos, del barrio, de toda la vida, casi. Pero las relaciones se habían enfriado, y los convecinos se habían distanciado de la familia. Todo dependía de Elisa, decían, a la vista de su tolerancia con los excesos del marido. Era ella quien debía denunciarlo.

El crujido de madera que provocó Miguel al entreabrir la ventana llegó hasta Damián. Éste se volvió hacia el origen del sonido mientras espetaba reniegos y mostraba unos ojos sanguinolentos, furioso por no acertar con la cerradura. Airado por su ineptitud, Damián empezó a aporrear la madera con las manos, con los puños y finalmente a puntapiés.

Tras martirizar el fuste un buen rato, durante el cual su rabia aumentó hasta lo indecible, logró rendir la entrada y sus casi dos metros de altura y cien quilos de peso se precipitaron hacia el interior como un ariete sin control.

La puerta, bajo el empuje, cedió y quedó apoyada en el tabique del pasillo. Gritaba enfurecido: “!Elisa, Elisa¡”.

 Miguel escuchó sobrecogido como el hombre recorría el piso. Damián se tropezaba con los muebles que, para apartar de su camino, estampaba contra las paredes o los pateaba como si se trataran de balones de futbol. El alboroto en la cocina traspasó las paredes de la casa. 

 Se dio cuenta de que sólo la puerta caída en medio del pasillo lo separaba de aquel monstruo. Entonces oyó la música que provenía de su habitación, y recordó que había dejado el viejo ordenador encendido.

 Damián también lo oyó. Babeaba como una fiera enfurecida y se dirigió hacia él que corría estremecido a refugiarse en su cuarto.

 Antes de cerrar la puerta vio a su padrastro bandeando el corredor. Miguel reculó, se encerró en el dormitorio y cogió el móvil.

Damián se encaró a la puerta y la envistió como un toro lo hace con un capote. La fina chapa cedió y se precipitó al interior de la habitación. De tan ofuscado por alcanzar a Miguel, tropezó con unas zapatillas del muchacho, trató de sujetarse en él y en el acto le arrancó el teléfono de las manos. Se alzó como un oso herido y con la fuerza que da la ira se arrojó contra su hijastro, sujetándolo del cuello. Quería saber dónde estaba Elisa.

─Aun no ha vuelto del trabajo ─respondió Miguel, tembloroso y medio ahogado.

Con las gruesas y ásperas manos el hombre agarró el cuerpo delgado por la nuca y se aproximó a la boca del chico diseminando el aliento corrupto hasta marearlo. Damián no soportaba la debilidad de Miguel, que no podía practicar ningún deporte porque tenía una afección pulmonar que se lo impedía.

El hombre insistió con palabras rotas y exigiendo una respuesta.

─No lo sé, Damián… no lo sé…

El chico le sujetaba las manos para liberar la presión de su cuello, pero Damián reía ante la incapacidad de Miguel para defenderse. Aflojó el agarre para que hablara, pero lo sacudía con tanto ímpetu que no le permitía articular bien las palabras.

─Tal… vez… haya ido… a la compra… cuando he… llegado ya… no estaba…

Damián golpeó la estantería con la cabeza de Miguel, acusándolo de embustero y se fijó en la fotografía de su padre, el primer marido de Elisa. El marco se tambaleaba de la sacudida. Un individuo todo bondad y prudencia, un hombre mesurado y de buenas costumbres, le habían dicho que era. Todo el mundo comentaba que Miguel se le parecía mucho y eso lo enervaba siempre que salía el tema.

Damián se dio cuenta de que el muchacho también miraba el retrato de su padre. Cogió el marco y, sin dejar la presa, lo encastó contra el pecho de Miguel que jadeaba exaltado. Lo retó a pedir ayuda a su adorado padre, mientras insistía en saber dónde estaba Elisa. Lo dijo escupiendo a la cara del chico y manteniendo su cuello aferrado en un puño.

El llanto de Miguel encendía aun más a Damián que explotó en una sonora carcajada al darse cuenta de que se había meado en los pantalones. Lo abofeteó mientras lo escarnecía y lo zarandeaba como un muñeco de paja: “Frágil y enfermo, pareces una niña. ¡Qué asco! ¿Dónde está Elisa?”. Repetía incansable.

─No… lo… sé… ─respondió Miguel, una vez más.

Damián, crispado, lo alzó y lo estampó contra un mueble lleno de libros. Una caja de madera aterrizó en la cabeza del chico provocándole una herida profunda. Él repetía la letanía amenazadora: “Una puerca, es tu madre. La mataré… lo haré”.

Lanzó el cuerpo dolorido sobre el escritorio y lo aplastó contra la pantalla del ordenador. Miguel, tendido encima de la mesa, hizo un esfuerzo por hablarle.

─Damián… ¿Que te he hecho yo… y mamá? Damián, estás enfermo…

Con los ojos desorbitados tomó al chico por los brazos y sin pensarlo lo empotró contra la ventana, produciendo una tremenda rotura de cristales. Reculó para dejar que Miguel cayera al suelo, y se lo miró. Un eructo le provocó una expresión de asco. Se dio cuenta de que tenía las manos llenas de sangre y los pantalones manchados. Se secó las zarpas con las cortinas y escupió sobre el chico. Oyó que trataba de decirle alguna cosa y se le acercó para poder escucharlo, pero sólo entendió un ruego.

─Déjame… Damián…

Las heridas cubrían el cuerpo de Miguel que, con cristales clavados en los brazos y la espalda, sangraba sin parar. El hombre se acercó, le presionó la garganta impidiéndole el movimiento, y sacó una navaja del bolsillo: “Ahora sí que te dejaré estar, criajo de mierda”. Y seguía martirizándolo.

No supo de donde le venía el golpe, pero sonó como si golpearan una campana sin badajo. Damián, todavía con una rodilla hincada en el suelo, soltó a Miguel y se palpó la cabeza con la mano, mientras con la otra sujetaba aun la navaja.

Al girarse, vio a su mujer sosteniendo un gran jarrón de cristal en las manos. Antes de permitirle que reaccionara, Elisa se le acercó, alzó el objeto por segunda vez. Damián no tuvo tiempo de decir nada, obnubilado aun por la primera acometida, y ella repitió la descarga.

Los alaridos de bestia herida resonaron por todo el edificio. El porrazo rompió algo más que el aire.

─Maldigo el día que te dejé entrar en mi casa y en mi vida ─exclamaba desolada.

Elisa, lanzando más gemidos que palabras, insistió en el ataque. El alcohol y las patadas ayudaron a doblegar a Damián que, al caer de bruces, se clavó la navaja en la pierna. Aun extendió una mano para sujetarla, pero estaba tocado. Elisa sabía que era muy forzudo, pero le vio la raja en el cráneo y la rojez que le cubría la cabeza. No se podía creer que se había librado de aquella bestia. Dejó el jarrón y corrió a auxiliar a Miguel.

Arrodillada a su lado, lo tomó en brazos para acercárselo al pecho. Limpió la sangre del rostro de su hijo con la manga de la blusa y se secó las lágrimas que brotaban de sus ojos y no podía impedir. Con mucho cuidado, como si tuviera miedo de ocasionarle algún daño y, después de retirar los cabellos que le cubrían parte de la cara, trató de reanimarlo.

Una punzada en la manó la empujó a examinar el cuello de Miguel y entonces vio el cristal clavado en la cruz de la nuca. Estaba muerto. Con labios temblorosos le habló:

─Ya ha terminado, hijo. Hemos vencido. La pesadilla se ha acabado. Perdóname, si puedes. Mi silencio nos ha conducido hasta aquí, pero no se repetirá. Perdóname…

Alargó el brazo para coger la foto de la escuela que estaba en un rincón, cerca de la ventana, en medio de vidrios, pedazos de madera, libros y sangre. Se la mostró, sin dejar de hablarle, y meciéndolo como cuando era un crío.

─Mira que guapo estás en esta fotografía, hijo.

De fondo, oyó la voz de Antón, sirenas y el murmullo de personas en el piso. Pero ella estaba absorta en el chico, en su Miguel.

Antón entró en el dormitorio y se la miraba, contemplaba la escena y solo pudo decir.

─Perdóname, Elisa, pero he tenido que llamarlos. Miguel chillaba aterrorizado y yo….

Ella ni se giró, sin abandonar el rostro de su hijo, exclamó:

─¿Quién eres? ¿Quién es esa gente? No. No me quiero ir. Espero a mi hijo. Espero que despierte. Ahora duerme. ¿Quién es usted? ¿Quiere que la acompañe? Pero… ¿A dónde?  ¡Ah! ¿A buscar a mi chico? Sí, claro, ya vengo. ¿La foto? La foto es mía, es mi Miguel. Ahora vendrá. ¡Qué ruido! ¿Qué son esas sirenas? ¿Qué hace aquí tanta gente?     

Mecía la fotografía de Miguel mientras tarareaba bajito una melodía sonriendo con ternura: “Somos libres, hijo… somos libres”.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato video/audiolibro AQUÍ

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.