Conseguir lo que deseamos no siempre nos proporciona la felicidad.

El doctor Kreatorian no entendía qué había pasado con aquella entidad.
No era la primera recreación, ya que llevaba más de treinta; además, era un encargo personalizado en el cual había empleado más de cinco años y le había dedicado todos sus esfuerzos.
Él la consideraba su obra maestra. La criogenia evolutiva le había permitido reunir las piezas solicitadas: el torso se parecía al de una artista de cine a la cual la paciente pretendía asemejarse; las piernas, delgadas pero musculosas, provenían de una patinadora asesinada por su pareja; los brazos pertenecían a una gimnasta fallecida por muerte cerebral; las manos, una maravilla fisiológica, se habían extraído de una pianista accidentada, del todo irrecuperable; y la cabeza, incluido el rostro, la última adquisición, por la cual había esperado un lustro, se había obtenido de una modelo que se había suicidado, envenenándose, en circunstancias no muy claras y, aunque increíble, algunos opinaban que era por un amor inalcanzable.
Había seguido al pie de la letra las indicaciones de la clienta, la cual había puesto a su disposición medios económicos sin límites. Él lo había realizado todo con una meticulosidad de escultor y aplicando los conocimientos y medios más perfeccionados de los cuales disponía.
El resultado obtenido mostraba una figura bien formada, esvelta de proporciones, atractiva de rostro, vital, de una mediana edad reluciente.
Al contemplarla era imposible adivinar el cúmulo de organismos que la formaban. Estaba tan orgulloso que incluso dudaba de que la destinataria fuera merecedora de tal obra. Sin embargo, el compromiso le obligaba.
La persona que le había encargado la reconstrucción, de la cual solo se aprovechó el cerebro, era una multimillonaria, de una posición envidiable, pero nacida con raquitismo crítico, cuerpo deforme y enfermizo que se había sometido, a lo largo de los años, sin éxito, a un incontable número de intervenciones para tratar de aliviar sus deformidades y recomponerle la figura, en la medida de lo posible.
Cuando recibió la noticia del suicidio, no se lo podía creer. Entre colegas acostumbra a haber intercambio de información, en casos puntuales, y llegó a sus manos el informe psiquiátrico de la clienta, en el cual se revelaba que la susodicha en cuestión era un sujeto de tendencias depresivas, con largos períodos de melancolía apática e inclinaciones autodestructivas; aspecto éste que se le había ocultado al aceptar la responsabilidad de la obra.
Aquel conocimiento le permitía entender que la frágil naturaleza mental de la afectada no hubiera soportado, a pesar de desearlo ardientemente, la contemplación de la belleza negada al nacer, impulsándola a poner fin a su nueva vida al recorrer a la destrucción del propio cerebro bajo una prensa hidráulica.
El examen del cadáver conmocionó al doctor Kreatorian al ver la devastación a la que se había sometido su excelente trabajo. A pesar de todo, había elementos aprovechables, como los brazos, partes del cuerpo, una pierna, además de las delicadas manos hechas para acariciar, y no estaba dispuesto a que se pudrieran inútilmente en un panteón familiar de mármol rosado, homenaje a un alma confundida.
Decidió conservar aquellos elementos preciados para utilizarlos en futuras configuraciones.
Las manos, excepcionalmente, las reservaba para el modelado de su futura gestación. Él también tenía derecho a renacer.
Fin
Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato vídeo/audiolibro AQUí.
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