«LO QUE DEJAMOS POR EL CAMINO», una pequeña realidad

A menudo vuelven a nosotros personas del pasado y nos sorprende como han cambiado.

Hoy me he topado con Alberto en el metro. Lo he visto de lejos, de pie en una plataforma, a unos pasos de donde yo estaba.

Su presencia me ha estremecido. Había estado tan colgada de él. A los diecisiete años lo encontraba tan atractivo que no podía quitarle la vista de encima y, de golpe, lo tenía allí, tan pulcro y bien peinado como siempre, con aquel aire distante, como de príncipe extraviado en una atmósfera que no le correspondía.

Los años no lo habían desmejorado en absoluto y conservaba aquel aire seductor que tanto me gustaba. Rememorar la melosidad de su voz, a pesar de lo lacónico de su conversación, me turbaba.

Llevaba las manos protegidas por guantes, delgados, de color carne. Me ha extrañado porque no hace frío, y menos bajo tierra, pero siempre había sido un poco extravagante en el vestir, un aspecto más que lo distinguía de los otros.

Me ha ilusionado cruzarme con él después de diez años de no vernos, y me he acercado a saludarlo. Me ha reconocido al instante, a pesar de los cambios sufridos por mi aspecto. Me disponía a besarlo, pero me ha alargado la mano y hemos encajado, él sin quitarse los guantes y con una sonrisa de cortesía, que no me ha parecido nada sincera.

Me ha chocado la frialdad del reencuentro, no me lo esperaba. Dado que bajábamos en la misma estación hemos ascendido juntos las escaleras mecánicas, en silencio, Es decir, por su parte porque yo, charlatana de naturaleza, y un poco nerviosa, le explicaba a donde iba y porque bajaba en aquella parada mientras le preguntaba si él trabajaba cerca de allí y destacaba la curiosidad que no hubiéramos coincidido nunca antes, ni a la entrada ni a la salida. Él estaba muy concentrado en la multitud que nos rodeaba y asentía.

Al salir a la calle, le he propuesto de tomar un café en un bar muy cerca del metro, unos minutos, he aclarado, para intercambiar unas palabras de recuerdo y saludarnos con calma. Yo tampoco no tenía demasiado tiempo pero el suficiente para dedicar un instante a un viejo amigo, un amigo muy especial.

Ha aceptado el ofrecimiento sin convicción. Ha dedicado una ojeada al entorno y ha señalado hacía el otro lado de la calle, donde había un café tal vez más distinguido que mi propuesta. Me ha asegurado que allí podríamos tener una pequeña charla, pero que disponía de pocos minutos.

De pie, en la barra, yo he pedido un café y él un agua. Había muchos clientes y no parecía muy cómodo, pero mientras esperábamos que nos sirvieran me ha preguntado, sin demasiado énfasis, por algunos compañeros y también por mi vida actual. No he tenido ocasión de responder.

El camarero nos ha interrumpido, ha dejado el café delante de mí y le iba a abrir el botellín de agua cuando él lo ha detenido con malos modales. Ha cogido el envase, ha sacado un pañuelo de papel, lo ha utilizado para quitar el tapón, ha restregado la boquilla y ha tragado un sorbo pequeño de agua, varias veces.

Me ha desconcertado su comportamiento. Solía ser muy amable, de joven, a pesar del éxito que tenía con las chicas. En realidad, parecía mayor de lo que era, por la forma de vestir y el comportamiento comedido.

Me ha dolido haber forzado aquella situación y no he alargado más la charla. Coincidía que íbamos en la misma dirección, él muy cerca, y ha aceptado que lo acompañara.

Hemos abandonado el bar y, al primer paso, me ha rodeado para circular por el exterior de la acera. Miraba los balcones con una intensidad de espía en activo que yo no entendía. Le he preguntado qué pasaba, y me ha ignorado.

Me esforzaba por introducir alguna anécdota de los viejos amigos, de las aventuras de instituto, mientras recordaba aquella relación iniciática que compartimos durante unas semanas de verano. Él parecía escucharme, respondiendo con monosílabos a mis comentarios, pero ha estado los poco más de cincuenta metros que ha durado el trayecto tratando de esquivar la gente que se le cruzaba o lo circundaba.

Cuando hemos llegado a su destino, el edificio de una multinacional dedicada a las finanzas, según el cartel de la entrada, nos hemos despedido con una rapidez y austeridad que me ha conmovido. Lo veía inquieto por finalizar el encuentro, no molesto o irritado, sólo apresurado por separarnos.

La incomprensión de aquel comportamiento tan distante me ha impedido hacer nada para acercarme a él, menos aun para insinuar una nueva cita, más relajada y cordial.

Le he seguido con la mirada al entrar en el edificio. Caminaba con rigidez observando a todos lados. El rostro, extremadamente blanco destacaba por el traje negro con camisa gris oscuro, pero no he podido distinguir aquellos labios carnosos y cálidos de adolescente que invitaban a besarlo. Bueno, he de reconocer que aquel era el efecto que causaba en mí.

No ha cogido el ascensor. Subía las escaleras sin tocar la barandilla ni la pared. Le he contemplado, curiosa, y he visto como se quitaba los guantes, los doblaba, uno dentro del otro y se los metía en el bolsillo.

Entonces me he fijado que el portero de la finca me miraba. El hombre ha abierto la puerta cuando hemos llegado al edificio y entonces me escrutaba, me sonreía y se encogía de hombros.

Me he alejado un poco preocupada. Aquel Alberto era muy distinto al que, años atrás, y más de una noche, había protagonizado mis sueños más ardientes.

Final

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato video/audiolibro: AQUÍ

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.