«EL FOTÓGRAFO», un cuento de ciència ficción + versión cat/eusk/gal/eng

Marcelo no sabe si le mienten sus ojos o el objetivo de la cámara.

Cámara en mano Marcelo deambulaba a la caza de aquella imagen que lo hiciera vibrar.

Había recorrido varias calles, muchas de ellas repletas de transeúntes apresurados, por trabajo o por quien sabe qué, además de ciclistas osados, patinadores imprudentes, conductores de coches absortos en el itinerario, acompañantes de perros, contempladores de monumentos, terrazas de bares llenas a más no poder, familias de compras, críos sin control parental y paseantes locales o foráneos, en grupo o solitarios, en ninguno de los cuales hallaba un rasgo remarcable que inmortalizar.

Dobló una esquina que conducía a un callejón estrecho, de pocos metros de longitud, y se adentró en el pasaje. Al recorrer aquella distancia se encontró ante una especie de plazoleta, desconocida hasta entonces, realmente pequeña y muy íntima que, a pesar de disponer de cuatro accesos, parecía ajena al alboroto que Marcelo acababa de dejar atrás.

Una docena de personas la cruzaban con paso mortecino, con la mirada perdida en los muros que la circundaban y los rostros inexpresivos. Deambulaban de un lado a otro sin mirarse, pero sin tropezarse entre ellos.

Allí reinaba un silencio impreciso que permitía percibir las pisadas de los caminantes que circulaban por ella. Un silencio que difundía el crujir de piedras que acompañaba los movimientos rítmicos e incesantes.

Dos hombres y dos mujeres, por separado, sentados en bancos de madera, gastados por la intemperie, alzaban la mirada hacia el cielo perdiéndose entre el ramaje de unos árboles viejos y cansados que rendían el follaje sin alma a la atracción gravitacional.

Marcelo no tenía por costumbre fotografiar personas sin antes solicitar su permiso, porque antaño había tenido más de un incidente, pero aquellos paseantes ni tan solo se habían fijado en que llevaba un artilugio en la mano con el que los enfocaba. Ignoraron su presencia, todos, sin excepción, sin inmutarse o escandalizarse ante sus pretensiones.

Él, entusiasmado por los rostros de aquellos modelos inconscientes, por las posturas lánguidas de unos cuerpos indolentes, por la coloración artificial de un espacio rodeado de edificios vetustos y por la vacuidad de unos ojos que lo contemplaban sin reticencias, no paró hasta que sació su delirio de artista.

De pronto, una mujer que se hallaba sentada cerca de él lo miró. No dijo nada, pero Marcelo se sintió como si despertaba de un sueño. Se excusó con un tímido “usted perdone” y se alejó de la plaza. No se detuvo hasta llegar a la calle grande.

Apoyado en una pared solitaria de curiosos se dispuso a revisar las maravillas que estaba convencido había captado.

Estupefacto las repasó una y otra vez, más de treinta imágenes repasadas hasta cuatro veces para confirmar, incrédulo, que ninguna de las personas tenía rostro. El resto era perfecto; la plaza enclaustrada, el mobiliario gastado, los jardines sin flores, los peinados estáticos, el color diluido de las pieles, las tonalidades del ambiente, todo perfecto, pero ninguno de los fotografiados tenía semblante.

En un cerrar y abrir de cámara los retratados espontáneos habían perdido los ojos tristes, las narices mustias y los labios mortecinos que lo habían cautivado. Entonces un escalofrío recorrió su cuerpo y recordó que, al abandonar el lugar, había oído unas risotadas que no había entendido.

Giró la cámara y, después de sujetarla inquieto, la enfocó hacia su rostro. Una, dos, tres, hasta cuatro tomas de su propia faz. Con una cierta angustia inspeccionó el resultado y le perturbó comprobar que él tampoco tenía facciones. Un arrebato de incomprensión se apoderó de él.

No entendía nada. ¿Era la máquina? ¿Eran sus ojos? ¿Era su cerebro? De fondo las risas provenientes de la plaza parecían más fuertes.

Inquieto zarandeó la cámara, se palpó la cabeza, el rostro, volteó hacia un escaparate y se contempló con el miedo de descubrir que había perdido la identidad. Pero no, todo estaba en su sitio.

Temblaba cuando, al volver a inspeccionar las auto imágenes, comprobó que aun revelaban el vacío más espantoso. No entendía nada y hablaba solo para tratar de explicarse qué sucedía, hasta que desesperado lanzó la máquina al suelo e inmerso en una danza delirante la golpeó con el pie como si se tratara de un balón de futbol, utilizando el muro cercano de portería.

Entonces se percató de que, a unos metros de donde se hallaba, obnubilado y chillando exaltado, unas personas, algunas incluso sorprendidas y sonrientes, manipulaban sus teléfonos móviles para fotografiarlo, como lo harían con un espectáculo de calle.

Se detuvo de golpe y los observó nervioso. Al instante sintió unos gritos de espanto y contempló a una joven que lo miraba incrédula y revisaba el aparato que sostenía temblorosa, una y otra vez, mientras hablaba farfullando con una compañera, a la cual pedía que le tomara una foto. La rodeaba otros viandantes que, como ella, estaban visiblemente conmocionados, todos con los móviles en la mano y las expresiones congestionadas.

Marcelo estaba inmovilizado, veía a las personas que hablaban entre ellas, algunas sollozaban, otras corrían, muchas gritaban, lo señalaban y se palpaban el rostro espantadas.

No entendía nada, no comprendía lo que le decían, no sabía qué hacer. Estaba allí, quieto como una escultura antigua esperando que las palomas la cubrieran de excrementos, aunque él temía que serían los individuos que lo escrutaban los que lo escarnecerían.

Indeciso y desconcertado sólo podía distinguir, de fondo, la risa triunfante que surgía de la plaza.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato audiolibro: AQUÍ

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«EL FOTÒGRAF» (versió en català)

Càmera en mà el Marcel deambulava a la cerca d’aquella imatge que el fes vibrar. Havia recorregut diversos carrers, molts atapeïts de persones apressades per feina o qui sap què, ciclistes agosarats, patinadors imprudents, conductors de cotxes absorts en l’itinerari, acompanyants de gossos, badocs de monuments, terrasses de bar a vessar, famílies, criatures i passejants locals o de fora, en grups o sols, en els que no hi trobava un tret remarcable que immortalitzar.

Va girar una cantonada que menava a un carreró estret, de pocs metres de longitud. En recórrer aquella distància es va trobar davant una mena de plaça, desconeguda fins llavors, petita i molt íntima que, malgrat disposar de quatre accessos, semblava aliena a la disbauxa que el Marcel havia deixat enrere.

Una dotzena de persones la creuaven amb pas esmorteït, amb la mirada perduda en els murs que l’encerclaven i els rostres inexpressius. Deambulaven d’una banda a l’altra sense mirar-se, però sense entrebancar-se entre ells.

Hi regnava un silenci imprecís que permetia escoltar les petjades dels vianants que hi circulaven, un silenci que  difonia el cruixir de pedres que acompanyava els moviments rítmics i incessants.

Dos homes i dues dones, per separat, asseguts als bancs de fusta gastada per la intempèrie, alçaven la mirada enlaire perdent-se entre el brancatge d’uns arbres vells i cansats que rendien el fullatge sense ànima a l’atracció gravitacional.

El Marcel no acostumava fotografiar persones sense demanar-ne permís perquè ja havia tingut més d’un ensurt, però aquells passants ni tan sols s’havien fixat que duia un aparell a la mà i que els enfocava. Van ignorar la seva presència,  tots, sense excepció, sense immutar-se o fer escarafalls a les seves pretensions.

Ell, entusiasmat per les fesomies d’aquells models inconscients, per les positures desmenjades d’uns cossos indolents, per la coloració artificial d’un lloc envoltat d’edificis vells i per la buidor d’uns ulls que l’esguardaven sense reticències, no va parar fins que en va tenir prou.

De sobte, una dona que s’asseia prop d’ell el va mirar. No va dir res, però al Marcel li va semblar que despertava d’un somni. Es va excusar amb un “perdoni” escarransit i es va allunyar de la plaça. No va parar fins arribar al carrer gran.

Repenjat en una paret solitària de curiosos es va disposar a contemplar les meravelles que estava convençut havia copsat.

Estupefacte les va repassar un cop i un altre, més de trenta imatges revisades fins a quatre vegades per confirmar incrèdul que cap de les persones no tenia rostre. La resta era perfecte; la plaça arrecerada, el mobiliari gastat, els jardins sense flors, els pentinats estàtics, el color diluït de les pells, les tonalitats de l’ambient, tot perfecte, però cap dels fotografiats no tenia faccions.

En un tancar i obrir de càmera els retratats espontanis havien perdut els ulls tristos, els nassos pansits i els llavis esmorteïts que l’havien atret. Llavors va recordar que en deixar la plaça havia sentit unes riallades que no havia entès.

Va girar la càmera i després de subjectar-la inquiet, la va enfocar cap al seu rostre. Una, dues, tres, fins a quatre preses de la seva fesomia. Amb un cert neguit va inspeccionar el resultat i va embogir d’incomprensió.

No entenia res. Era la càmera? Eren els seus ulls? Era el seu cervell? De fons les riallades provinents de la plaça semblaven més fortes.

Inquiet va sacsejar la càmera, es va tocar el cap, el rostre, es va girar cap a un aparador i es va contemplar amb la por de descobrir que havia perdut la identitat. Tot era al seu lloc.

Tremolava quan va tornar a revisar les auto imatges que encara revelaven el buit més esgarrifós.  No entenia res i parlava sol per tractat d’explicar-se què passava fins que desesperat va llançar la màquina a terra, i immers en una dansa embogida la colpejà amb el peu com si es tractés d’una pilota de futbol, fent servir el mur proper de porteria.

Llavors es va adonar que a uns metres d’on s’estava dret,  obnubilat i cridant exaltat, unes persones manipulaven  els seus mòbils per fotografiar-lo com ho farien amb un espectacle de carrer.

Es va aturar de cop i els observà nerviós. A l’instant va sentir uns crits d’espant i contemplà una noia que se’l mirava incrèdula i revisava l’aparell que sostenia tremolosa, un cop i un altre, mentre parlava embarbussada amb una companya a la qual demanava que li fes una foto. L’envoltava gent visiblement commocionada.

El Marcel estava immobilitzat, veia les persones que parlaven entre elles, algunes somicaven, altres corrien, moltes cridaven, l’assenyalaven i es palpaven el rostre espantades.

No entenia res, no comprenia el que li deien, només distingia de fons el riure triomfant que sorgia de la plaça.

Fi

Podeu escoltarlo en audiollibre: AQUÍ.

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«ARGAZKILARIA» (euskerako bertsioa)

Kamera eskuan Marcelo bazterka zebilen, hunkituko zuen irudia aurkitu nahian.

Kale asko zeharkatua zen, horietako asko oinezkoz beterik, lanera edo ez dakit zergatik presaka, baita txirrindulari ausartak, patinatzaile inozoegiak, ibilbidean murgildutako autogidariak, txakur-laguntzaileak, monumentuei begira, gehienez betetako taberna-terrazak, erosketak egiten ari diren familiak, kontrol gurasorik gabeko haurrak eta bertako edo kanpoko pasealariak, taldean edo bakarrik, inon ere ez zuen aurkitzen bereizgarri gisa betiko oroitzapenean gordetzeko.

Bazter bat bihurtu zuen, pasabide estu batera, gutxi gorabehera metro gutxiko luzera zuena, eta pasagunean sartu zen. Distantzia hura zeharkatzerakoan, ordura arte ezezaguna zitzaion plaza txiki eta intimoa aurkitu zuen, lau sarbide izanagatik ere, Marcelo atzetik utzitako zaratarekin zerikusirik ez zuena.

Dozena bat pertsona zeharkatzen zuten pausu ahularekin, inguruko hormei begira eta aurpegierak adierazpenik gabe. Alde batetik bestera ibiltzen ziren elkarri begiratu gabe, baina elkarri eragotzi gabe.

Han zehar, zehaztugabeko isiltasun bat nagusitzen zen, bertatik pasatzen ziren oinetako hotsak hautemateko aukera ematen zuena. Isiltasun batek harri-hotsak zabaltzen zituen, mugimendu erritmiko eta etengabeekin bat eginez.

Bi gizon eta bi emakume, banaka, egurrezko jesarlekuetan eserita, zerurantz begiratzen zuten, aspaldiko eta nekatutako zuhaitzen adarren artean galduz, hostoak, arima gabeak, erakarpen grabitazionalari men eginez.

Marcelo ez zuen ohiturarik pertsonen argazkirik ateratzeko aurretik baimenik eskatu gabe, lehenago gorabehera bat baino gehiago izana baitzuen, baina pasealari haiek ez zuten kontuan hartu eskuan zeukan tresna zuela, haiek enfokatzeko. Guztiek, salbuespen barik, ez zuten bere presentziarik kontuan hartu, ez ziren harritu edo izutu bere asmoekin.

Berak, modelo inkontziente haien aurpegiekin, gorputz indolente eta ahuleko jarrerarekin, eraikin zaharrez inguratutako espazio artifizialaren koloreekin eta errezelenik gabeko begiradez, ez zuen etenik hartu arte artista-delirio hura ase arte.

Bat-batean, bere ondoan eserita zegoen emakume batek begiratu egin zion. Ez zuen ezer esan, baina Marcelo lo batetik esnatu balitz bezala sentitu zen. Barkamena eskatu zuen «barkatu» ahul batekin eta plazatik urrundu zen. Ez zen geratu arte kalean.

Inork ez begiraturiko horma batean bermatuta, ziur zegoen hartutako harrigarriak aztertzeko prest. Harriturik, behin eta berriz errepasatu zituen, hogeita hamar irudi baino gehiago, lau aldiz bakoitza, sinesgaitz, inongo pertsonak aurpegirik ez zuela ziurtatzeko. Bestea guztiz bikaina zen; plaza itxia, altzari zaharkitua, lorategirik gabeko lorategiak, ile-apaindurak estatikoak, azalaren kolore diluituak, ingurumenaren tonalitateak, dena bikain, baina ez inoren aurpegirik.

Kamera bat ireki eta itxi artean, bat-batean erretratatutakoek galdu egin zituzten begiak, sudurrak eta ezpainak, non eta haiek erakarri zuten. Orduan, gorputz osoan zehar dar-dar bat sentitu zuen eta gogoratu zuen, lekua uztean, barre-algarak entzun zituela, ulertu ez zituenak.

Kamera biratu eta, urduri eutsita, bere aurpegia enfokatu zuen. Bat, bi, hiru, lau aldiz bere aurpegiaren argazkiak. Emaitza urduri aztertu zuen eta izugarri harritu zen, ez zuela aurpegirik konprobatzean. Ulertezintasun-oldarra jabetu zitzaion.

Ez zuen ezer ulertzen. Makina zen? Begiak ziren? Garunak? Atzean, plazatik zetozen barreek indarra hartu zuten.

Urduri astindu zuen kamera, burua eta aurpegia ukitu zituen, eta erakusleihora begiratu zuen, beldurrez, nortasuna galdu ote zuen ikusteko. Baina ez, dena bere tokian zegoen.

Dar-dar zegoen, auto-irudiak berriro aztertzean, hutsune beldurgarriena erakusten zutela konprobatzean. Ez zuen ezer ulertzen eta bakarrik hitz egiten zuen gertatutakoa azaltzeko, eta azkenean, etsita, makina lurrera bota zuen eta dantza zoratuan, oinarekin jo zuen, futbol-baloi bat balitz bezala, ondoko horma atezain gisa erabiliz.

Orduan konturatu zen, bertatik metro batzuetara, zoratuta eta oihuka, jendeak, batzuk harriturik eta irribarretsu, bere telefono mugikorrak erabiltzen zituela argazkiak ateratzeko, kaleko ikuskizun bat balitz bezala.

Bat-batean geratu zen eta urduri begiratu zien. Berehala, izuaren oihuak entzun zituen eta gazte bat ikusi zuen, sinesgaitz, eskuan zuen gailua behin eta berriz aztertzen, lagun bati argazkia ateratzeko eskatuz. Inguruan beste oinezko batzuk zeuden, hark bezala, nabarmen hunkiturik, guztiak telefono mugikorrak eskuan eta aurpegierak izuturik.

Marcelo geldirik zegoen, jendea elkarri hitz egiten, batzuk negarrez, beste batzuk korrika, asko oihuka, seinalatzen eta beldurrez aurpegia ukitzen.

Ez zuen ezer ulertzen, ez zekien esaten ziotena, ez zekien zer egin. Han zegoen, eskultura zahar bat bezala, uso-gorotzek estaliko zuten zain, baina berak beldur zen eskrutinatzaileek baztertu egingo zutela.

Zalantzan eta nahasita, atzean plazatik zetorren garaile-barre bat baino ez zuen bereizten.

Amaiera

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«O FOTÓGRAFO» (versión en galego)

Cámara en man Marcelo deambulaba á caza daquela imaxe que o fixera vibrar.

Percorrera varias rúas, moitas delas cheas de transeúntes apurados, por traballo ou por quen sabe que, ademais de ciclistas ousados, patinadores imprudentes, condutores de coches absortos no itinerario, acompañantes de cans, contempladores de monumentos, terrazas de bares cheas a máis non poder, familias de compras, nenos sen control parental e paseantes locais ou foráneos, en grupo ou solitarios, nos cales non atopaba un trazo remarcable para inmortalizar.

Dobrou unha esquina que conducía a un calexón estreito, de poucos metros de lonxitude, e adentrouse no pasaxe. Ao percorrer aquela distancia atopouse ante unha especie de praza pequena, descoñecida ata entón, realmente pequena e moi íntima que, a pesar de dispoñer de catro accesos, parecía allea ao alboroto que Marcelo acababa de deixar atrás.

Unha ducia de persoas cruzábana con paso mortecino, coa mirada perdida nos muros que a circundaban e os rostros inexpresivos. Deambulaban dun lado a outro sen mirarse, pero sen tropezarse entre eles.

Alí reinaba un silencio impreciso que permitía percibir as pisadas dos camiñantes que circulaban por ela. Un silencio que difundía o cruxir de pedras que acompañaba os movementos rítmicos e incesantes.

Dous homes e dúas mulleres, por separado, sentados en bancos de madeira, gastados pola intemperie, alzaban a mirada cara ao ceo perdéndose entre o ramaxe de árbores vellas e cansos que rendían o follaxe sen alma á atracción gravitacional.

Marcelo non tiña por costume fotografar persoas sen antes solicitar o seu permiso, porque antano tivera máis dun incidente, pero aqueles paseantes nin tan sequera se fixaran en que levaba un artefacto na man co que os enfocaba. Ignoraron a súa presenza, todos, sen excepción, sen inmutarse ou escandalizarse ante as súas pretensións.

El, entusiasmado polos rostros daqueles modelos inconscientes, polas posturas lánguidas de corpos indolentes, pola coloración artificial dun espazo rodeado de edificios vetustos e pola vacuidade de ollos que o contemplaban sen reticencias, non parou ata que saciou o seu delirio de artista.

De súpeto, unha muller que se atopaba sentada preto del miróno. Non dixo nada, pero Marcelo sentiu como se espertase dun soño. Escusouse cun tímido «vostede perdoe» e afastouse da praza. Non se detivo ata chegar á rúa grande.

Apoiado nunha parede solitaria de curiosos dispúxose a revisar as marabillas que estaba convencido de ter captado.

Estupefacto repasounas unha e outra vez, máis de trinta imaxes repasadas ata catro veces para confirmar, incrédulo, que ningunha das persoas tiña rostro. O resto era perfecto; a praza enclaustrada, o mobiliario gastado, os xardíns sen flores, os peiteados estáticos, a cor diluída das peles, as tonalidades do ambiente, todo perfecto, pero ningún dos fotografados tiña semblante.

Nun pechar e abrir de cámara os retratados espontáneos perderon os ollos tristes, os narices mustios e os beizos mortecinos que o fixeran cautivo. Entón un escalofrío percorreu o seu corpo e recordou que, ao abandonar o lugar, escoitara unhas gargalladas que non entendera.

Xirou a cámara e, despois de suxeitala intranquilo, enfocou cara ao seu rostro. Unha, dúas, tres, ata catro tomas da súa propia faz. Cunha certa angustia inspeccionou o resultado e perturouno comprobar que el tampouco tiña faccións. Un arrebato de incomprensión apoderóuse del.

Non entendía nada. ¿Era a máquina? ¿Eran os seus ollos? ¿Era o seu cerebro? De fondo as risas provinientes da praza parecían máis fortes.

Intranquilo sacudiu a cámara, apalpouse a cabeza, o rostro, volveu cara a un escaparate e contemplouse co medo de descubrir que perdera a identidade. Pero non, todo estaba no seu sitio.

Tremía cando, ao volver inspeccionar as auto imaxes, comprobou que aínda revelaban o baleiro máis espantoso. Non entendía nada e falaba só para tratar de explicarse que sucedía, ata que desesperado lanzou a máquina ao chan e inmerso nunha danza delirante golpeóuna co pé como se fose un balón de fútbol, utilizando o muro cercano de portería.

Entón decatouse de que, a uns metros de onde se atopaba, obnubilado e berrando exaltado, unhas persoas, algunhas incluso sorprendidas e sorridentes, manipulaban os seus teléfonos móbiles para fotografalo, como farían cun espectáculo de rúa.

Detívose de golpe e observounos nervioso. Ao instante sentiu uns gritos de espanto e contemplou a unha moza que o miraba incrédula e revisaba o aparello que sostiña tremosa, unha e outra vez, mentres falaba farfullando cunha compañeira, á cal pedía que lle tomara unha foto. Rodeábana outros viandantes que, como ela, estaban visiblemente conmocionados, todos cos móbiles na man e as expresións congestionadas.

Marcelo estaba inmobilizado, vía as persoas que falaban entre elas, algunhas sollozaban, outras corrían, moitas gritaban, sinálabano e apalpábanse o rostro espantadas.

Non entendía nada, non comprendía o que lle dicían, non sabía que facer. Estaba alí, quieto como unha escultura antiga agardando que as pombas a cubrisen de excrementos, aínda que el temía que serían os individuos que o escrutaban os que o escarnecerían.

Indeciso e desconcertado só podía distinguir, de fondo, a risa triunfante que xurdía da praza.

Final

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«THE PHOTOGRAPHER» (English version)

Handheld camera, Marcelo wandered in search of that image that would make him vibrate.

He had walked through several streets, many of them filled with hurried passersby, for work or who knows what, as well as daring cyclists, reckless skaters, drivers absorbed in their routes, dog walkers, monument viewers, bar terraces packed to the brim, shopping families, unruly children, and local or foreign pedestrians, in groups or alone, none of whom displayed a remarkable feature worth immortalizing.

He turned a corner leading to a narrow alley, just a few meters long, and entered the passage. As he traveled that distance, he found himself in front of a sort of small square, previously unknown, truly tiny and very intimate, which, despite having four entrances, seemed detached from the noise Marcelo had just left behind.

A dozen people crossed it with sluggish steps, their gazes lost on the surrounding walls and their faces expressionless. They wandered from one side to another without looking at each other, but without bumping into one another.

There was an indefinite silence that allowed the sound of footsteps to be heard, circulating around. A silence that spread the creaking of stones accompanying the rhythmic and incessant movements.

Two men and two women, sitting separately on wooden benches worn by the weather, raised their eyes to the sky, lost among the branches of old, tired trees that shed their leaves without soul, drawn by gravity.

Marcelo was not used to photographing people without first asking for their permission, because he had had more than one incident in the past, but those passersby hadn’t even noticed that he was holding an apparatus with which he focused on them. They ignored his presence, all of them, without exception, without being disturbed or scandalized by his intentions.

He, excited by the faces of those unconscious models, by the languid postures of indolent bodies, by the artificial coloring of a space surrounded by old buildings, and by the emptiness of eyes that looked at him without hesitation, did not stop until he satisfied his artist’s delirium.

Suddenly, a woman sitting near him looked at him. She said nothing, but Marcelo felt as if waking up from a dream. He excused himself with a shy “please forgive me” and left the square. He did not stop until he reached the main street.

Leaning against a lonely wall of curious people, he prepared to review the marvels he was convinced he had captured.

Stunned, he reviewed them again and again, more than thirty images, revisited up to four times to confirm, incredulous, that none of the people had faces. The rest was perfect; the enclosed square, the worn furniture, the flowerless gardens, the static hairstyles, the diluted color of the skins, the tones of the environment, all perfect, but none of the photographed had a face.

In a blink of a camera, the spontaneous portraits had lost the sad eyes, the drooping noses, and the pallid lips that had captivated him. Then a shiver ran through his body, and he remembered that, upon leaving the place, he had heard some laughter that he hadn’t understood.

He turned the camera and, after nervously holding it, focused it on his face. One, two, three, up to four shots of his own face. With a certain anxiety, he inspected the result and was disturbed to find that he also had no features. An outburst of incomprehension took over him.

He understood nothing. Was it the machine? Was it his eyes? Was it his brain? In the background, the laughter from the square seemed louder.

Uneasy, he shook the camera, touched his head, his face, turned to a shop window, and looked at himself with the fear of discovering he had lost his identity. But no, everything was in its place.

He was trembling when, upon re-inspecting the self-images, he saw that they still revealed the most terrifying emptiness. He understood nothing and spoke to himself only to try to explain what was happening, until, desperate, he threw the camera to the ground and, in a delirious dance, hit it with his foot as if it were a soccer ball, using the nearby goal wall.

Then he realized that, a few meters away from where he was, dazzled and shouting excitedly, some people, some even surprised and smiling, were manipulating their mobile phones to photograph him, as they would at a street performance.

He stopped suddenly and looked at them nervously. Instantly, he heard screams of horror and saw a young woman looking at him incredulously, examining the device she was tremblingly holding, repeatedly, while muttering to a companion, asking her to take a picture of him. Other passersby surrounded her, all visibly shaken, with their phones in hand and congested expressions.

Marcelo was immobilized, watching the people talking among themselves, some sobbing, others running, many shouting, pointing at him, and touching their faces in horror.

He understood nothing, he didn’t understand what they were telling him, he didn’t know what to do. He was there, still as an ancient sculpture, waiting for the pigeons to cover it with droppings, although he feared that it would be the individuals scrutinizing him who would mock him.

Uncertain and disoriented, he could only distinguish, in the background, the triumphant laughter rising from the square.

End

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.