Un riesgo inesperado se añade a los habituales de la profesión…

Era un inmueble más que debía revisar para la empresa, o así lo consideraba ella. Formaba parte de la cartera que le habían asignado, la mayoría fincas envejecidas y pisos ruinosos o destartalados. Era novata, estaba a prueba y no podía elegir. Había cogido una linterna, como le habían recomendado, porque algunos edificios no disponían de luz.
El tendero del otro lado de la calle, al ver que se aproximaba a la finca, se la miró con una insistencia que le resultó incómoda. La llave de aquel bloque despoblado, compuesto de bajo y tres plantas, tenía una increíble capa de óxido y, al tratar de abrir el portón, un gruñir de hierros y maderas esparció una fanfarria que mortificaba los tímpanos.
Una bofetada de aire gélido la envolvió al cerrar la pesada hoja, gruesa y desmesuradamente alta, impropia de los cerramientos actuales. Imaginó que debía haber alguna ventana abierta en algún piso superior, restando importancia al hecho. Aunque el día era más bien cálido y no podía entender de dónde procedía aquella corriente.
La planta baja, en parte espacio comercial y en parte portería, se hallaba completamente libre de enseres. Al enfocar con la linterna hacia el interior, observó que del techo colgaban una especie de redes finas y ligeras, trabajo consistente y pertinaz de unos arácnidos diligentes, sujetos de su aversión más exagerada. Notó como la pelusa que le reseguía la columna se le erizaba como la de un gato aterrado.
Entonces oyó la música. Procedía de arriba, o lo parecía, a pesar de que la casa, según le habían confirmado, estaba vacía. Tal vez le llegaba de algunos de los edificios vecinos, aunque le resultaba difícil de comprender.
Durante unos segundos restó inmóvil, escuchando con atención. Era una melodía de viento y violines que marcaba un ritmo cadencioso y lento, con pausas acentuadas y un órgano de fondo, que acompañaba coros de una tristeza estremecedora.
Ascendió por la escalera, con la linterna bien sujeta, procurando no rozar el pasamanos cubierto, hasta allá donde alcanzaba la vista, de un manto de telarañas tanto o más tupidas que las de la planta baja.
A medida que subía le pareció distinguir las carrerillas de las infatigables hilanderas escoltando su ascenso y la piel, encrespada, se tensaba y se estremecía como si estuviera empujada por una esfera interior en expansión. La música le llegaba con una intensidad perversa y las voces le sonaban como gritos pidiendo socorro.
Al llegar al primer piso se encontró la puerta abierta y oyó unos golpecitos rítmicos, procedentes del interior, que retumbaban como tambores en la vacuidad de las habitaciones. Las notas profundas y chocantes de un piano de origen ignorado amparaban las voces afligidas.
Decidida a realizar su tarea, a pesar de la inquietud que le producía aquella finca, penetró en el recibidor y se detuvo en la arcada que comunicaba con la sala. Ante sí tenía un muro de seda donde centenares, sino miles, de pequeñas arañas, que se habían apoderado del lugar, se afanaban en la labor de hilado. Desde allí pudo observar la hoja de la ventana que daba a la calle, autora del tamborear, en movimiento constante por efecto del extenso tejido que la había invadido, tirando de ella a cada estremecimiento de las minúsculas obreras, que interfería la melodía que sonaba en la escalera.
Abandonó el lugar y prosiguió el ascenso hasta el segundo rellano y, a pesar de las tentativas y de la insistencia, no consiguió abrir la puerta. Ninguna de las llaves que llevaba entraba en aquel cerrojo. Unas campanas, de tañido lastimero, como de torre lejana se habían añadido a la composición que le suscitaba una melancolía agotadora.
Con un cansancio inexplicable llegó a la tercera planta. La música se alzaba como un anuncio edénico custodiado por trompetas y violines desatados y las campanas sonaban más cercanas.
La puerta estaba abierta y del interior le llegaba una luz blanquecina y amortiguada que provenía de una mesa situada en el centro de la sala. La cámara estaba inexplicablemente impoluta, ni un gramo de polvo, ni la presencia de ningún hilo tejido desde el estómago de un artrópodo. Una especie de neblina ocupaba cada rincón de la estancia, y movida por su presencia dibujaba formas espectrales que pugnaban por huir de las sombras.
Encima de la mesa destacaba una caja de música, de la cual emergían los cánticos, entonces desgarrados y convulsos, anunciantes de un azar pavoroso.
La puerta se cerró de golpe y una atracción que no pudo resistir la arrastró hacia la mesa. Las voces la envolvían magnéticas.
Al hallarse cerca del objeto que emitía los cánticos agónicos, contempló espeluznada como un cráneo giraba enloquecido en el lugar donde debía danzar una bailarina de largas piernas y, en el interior de la tapa del instrumento musical, en lugar de espejitos facetados percibió las imágenes de unas personas que no conocía y que, formando parte de la coral lastimera, suplicaban la liberación, extendiendo los brazos hacia ella.
La música se detuvo. El silencio, perturbador y más inquietante que la algarabía anterior, planeaba la estancia y, de pronto, volvió a escuchar con angustia los gritos de auxilio de los prisioneros.
Alargó la mano para coger la caja y recordó que, en la empresa, un viejo comercial le había comentado que la mayoría de los meritorios que se habían arriesgado a venir a ver el edificio se habían lamentado de la incursión. A dos de ellos no los habían vuelto a ver.
No tuvo tiempo de reflexionar que los coros volvían a alzarse, más agresivos, más hirientes, mientras que una fuerza irresistible la atraía hacia el recipiente fascinante.
Con el último canto aterrador de aquel orfeón de lloronas se adentró en la negrura más profunda para formar parte de la caja de música, mientras el cráneo se descoyuntaba en una risotada de triunfo.
Fin
Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato video/audiolibro: AQUÍ
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