Sabemos que puede llegar el momento crítico, pero preferimos ignorar las señales. El precio es terrible.

He sido absorbido por la negrura de la larga noche que preside el apartamento. Por no haber, ni tan solo hay luna. Mis compañeros de piso aun tratan de averiguar qué ha pasado.
¿Qué ha de ser?
Las noticias adelantaban un desastre como aquel. Las energías, escasas, cada vez eran más inaccesibles, bien, lo eran para las economías más desfavorecidas, es decir, casi toda la humanidad, salvo, claro está, unos miles de privilegiados.
¿Qué hacemos?
Asomados al balcón oíamos como murmuraban por doquier, vecinos y paseantes que se habían quedado en la acera, como espantapájaros, sumidos en la más completa oscuridad.
De todos los balcones y ventanales cercanos nos llegaban voces estremecidas interrogando al aire. Se apreciaba una angustia conmovedora.
Un hombre, desde el otro extremo de la plaza, trataba de hacerse entender: “Ha pasado. Nos hemos quedado sin suministro eléctrico; no funciona nada. Es una catástrofe. Los coches aun circulan, pero… ¿hasta cuándo?”.
Se veían las pantallas de multitud de móviles tratando de iluminar el entorno, luchando contra lo inevitable.
Unos metros más allá, estalló una pregunta que, a buen seguro, todos teníamos en mente: “Y cuando se acabe el combustible… ¿qué? Y la comida… ¿cómo lo haremos?”.
Una mujer, que sostenía una linterna en la mano, se esforzaba por llegar a los vecinos: “De momento con las lámparas de camping, las linternas y las velas, vamos haciendo. Alguien sabe dónde se pueden encontrar, por si acaso”. Incluso risas nerviosas se oyeron como respuesta.
Una voz joven hablaba con más confianza: “Esto durará poco, ya veréis. Pronto volverá la luz y todo se normalizará”. Tras de sí sonaba una música estridente, proveniente de algún aparato con cierta autonomía energética.
Las terrazas, miradores y balcones se llenaron de lucecitas para acompañar las soledades que la lobreguez imponía, y durante las primeras horas aun había un cierto espíritu positivo. Espíritu que albergaban incluso los peatones que se habían encontrado aislados en la calle y trataban de llegar a los respectivos domicilios, ayudados por los faros de los automóviles que circulaban despacio para no chocar con otros vehículos, sobre todo en los cruces sin semáforos.
A medida que transcurrían las horas, se apagaban los puntos de luz y los comentarios alentadores desfallecían de cansancio o de miedo.
Unos rayos azulados atrajeron la atención del vecindario y se oyó un discurso robotizado, proveniente de un vehículo, que circulaba sin detenerse en ningún sitio, y pedía la colaboración de los ciudadanos: “Quédense en casa, el apagón es total. El consistorio trata de averiguar cúal es la situación y qué nos espera después de esto. Se verá la forma de tener la población informada. Sean cívicos. Mañana los establecimientos que puedan hacerlo abrirán. Trataremos de solucionarlo lo más pronto posible”.
Solucionar… ¿el qué?.
Preguntó el mayor de mis compañeros de piso, mientras la noche compacta nos envolvía y parecía imposible ver clarear el que sería un día de invierno nuboso, gris, triste, según las noticias de media tarde.
¿Era aquello el comienzo del apocalipsis anunciado?
Inquirió el más joven de los tres, que lloraba mientras repetía como una salmodia: “Sólo tengo dieciocho años, no hay derecho, sólo tengo dieciocho años…”
Lo interrumpió el llanto ardiente de un recién nacido, tal vez hambriento o tal vez tan asustado como nosotros, alertado por el choque de dos o más vehículos en la esquina donde ya era imposible transitar, y el estruendo de cristales rotos y puertas destrozadas del supermercado de debajo de casa, acompañados por los aullidos de lo que parecían bestias peleándose para conseguir la presa.
Mañana… la comida… el amanecer estaba muy lejos y el griterío aumentaba a la par que los ruidos de peleas y enfrentamientos. Un altercado en la escalera nos hizo estremecer. Se oyó el alarido angustioso de la anciana del primer piso en medio de risas enloquecidas, gritos masculinos alentando el asalto y el derrumbe de una puerta que cedía ante la presión.
Nosotros estábamos en el cuarto. «¿Cuánto tardarían en llegar al nuestro?«, pregunto el más joven mientras arrastraba el sofá para reforzar la entrada y el mayor lo apuntalaba con un armario y una mesita de mármol, para que no pudieran acceder al piso las hordas cada vez más próximas. Por lo menos, no se lo pondríamos fácil.
Sólo nos quedaba una vela y a su luz observé como el menor había perdido el fresco color de piel que lo caracterizaba y el mayor repartía cuchillos de cocina para defendernos del tumulto que cada vez estaba más cerca.
Alguien preguntó: ¿Estamos solos? ¿Cuánto falta para el amanecer? Y nadie respondió.
Fin
Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato video/audiolibro en youtube: AQUÍ
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