«IMPRESIÓN EQUIVOCADA», una pequeña realidad

Un ladrón desesperado, una víctima indefensa y una reacción insólita.

Él

Julio necesitaba el dinero tanto como el aire que respiraba. Notaba la garganta reseca, le temblaban las manos y mantenía el cerebro fijo en el objetivo de conseguir alguna cosa para intercambiar.

Aquella noche quería hacerse una rayita o, si era posible, alguna cosa más contundente, con sus compis, pero ya no tenía crédito. Estaban hartos de financiarlo, debía a todo el mundo conocido y nadie quería saber nada de él si no llevaba efectivo o algo de valor.

La poca familia que le quedaba, un hermano menor que él, lo había rechazado después de muchos intentos para conseguirle varios trabajos, de anticiparle dinero para sobrevivir y de arriesgar el bienestar de su propio hogar para subvenir  las deudas inacabables de Julio. Oportunidades, todas, que éste había desperdiciado.

Arrebatar los bolsos de las viejas, arremangar alguna pieza de ropa de una tienda o un pequeño electrodoméstico de un mercado callejero le habían proporcionado fondos para conseguir una noche de evasión, pero no era suficiente.

Además, no era muy hábil y habían estado a punto de atraparlo en más de una ocasión. Ya no se atrevía a caminar por según que calles, ni por la policía ni por los individuos a los que debía dinero y le iban a la zaga.

Su mente estaba nublada por el ansia. Necesitaba hacer acopio de pasta para adquirir la tan preciada nieve. Había dado un par de vueltas por el parque observando el personal que, a pesar de la hora, aun paseaba por los jardines. Buscaba una víctima.

Al pasar por un recodo del camino se percató de la presencia de una mujer. Debía tener unos cuarenta años, estaba sentada en un banco algo escondido. Hablaba sola, sin teléfono ni hilo de manos libres, incluso le pareció que sollozaba.

Se le presentaba una oportunidad. No se veía a nadie por los alrededores, y ella parecía absorta en sus pensamientos. De hecho, le pareció una colgada, tanto o más que él.

Se le acercó y sopesó mejor las posibilidades de sacarle algo de provecho. Llevaba el cabello corto y pudo distinguir unos pendientes de oro. Se le veía un anillo en la mano izquierda. Encima de la falda reposaba el móvil, que sonaba y sonaba sin parar. En bandolera llevaba un bolso de piel. No le veía la otra mano.

Miró hacia todos lados. No había ninguna persona en aquel lugar que quedaba aislado, más aún a aquella hora de la tarde, en que el día comenzaba a oscurecer. Pensó que era una buena ocasión.

Llevaba una navaja de montaña. La abrió, avanzó sigiloso y se encaró a la mujer.

─¡Eh, tu! Venga, dame las joyas, la cartera y el móvil.

Julio trataba de parecer duro y agresivo; la mujer se lo miraba en silencio.

─¿Es que no me has oído, zorra? ¡La pasta, venga! Y las joyas y el móvil.

Alzó la voz, muy nervioso, le temblaba el labio. Ella se levantó del banco y no dejaba de mirarlo. No parecía atemorizada, más bien sorprendida. Julio le acercó la navaja a casi un palmo del cuerpo, repitiendo una y otra vez, entre amenazas y tacos, que le diera todo lo que tenía de valor, cada vez más excitado. Le tamborileaba el pulso porque no entendía la reacción de aquella mujer que lo escrutaba enmudecida.

Ella

Sara tenía grabada la carita de las chicas cuando el cretino de su padre, el gran Narciso, les había comunicado que se marchaba. Se iba de casa para vivir con una jovencita que le había trastocado el cerebro y le estaba vaciando la cuenta corriente, la cuenta familiar. Las niñas se lo miraban desilusionadas y entristecidas. Su padre siempre las había mimado mucho y, ahora, resultaba que huía sin importarle que ellas aun lo necesitaban.

Eso sí, el sinvergüenza le había dado toda la culpa a ella. Que no lo había entendido nunca, le había dicho para justificar aquella locura. Que no había comprendido sus ansias de superación y futuro, alegaba para defender su decisión. Que había estado muy infeliz con ella, se lamentaba.

Él quería una mujer que lo alentara en sus proyectos y secundara sus ideas, había argumentado en defensa de su acción.

Imbécil. ¿Quién había trabajado como una burra para que no faltara dinero en la casa cuando él se embarcaba en sus negocios de humo?

Sara había escondido a las niñas como era él en realidad porque quería que lo apreciasen. Era su padre, ellas eran pequeñas, y quería que lo respetasen. Las chicas nunca se habían enterado de sus fracasos, de su autocompasión y de los delirios de grandeza estrellados contra un muro de ineptitud.

Ahora, sin embargo, le había caído el velo de héroe que sus hijas le habían otorgado y sólo quedaba el padre inmaduro, ególatra y fantasioso que únicamente pensaba en sí mismo. Sara lo odiaba. El teléfono no paraba de sonar. Era él. ¡Que caradura! Aún se atrevería a pedirle dinero.

Había dejado las niñas en la escuela y se había sentado en aquel banco para estar tranquila y pensar.

¿Quién era aquel chico que se le acercaba? ¿Por qué la miraba de aquella manera? ¿Qué llevaba en las manos? ¿Qué decía? ¿Un atraco? ¿Quería que le diera todo lo que tenía?

Un ardor se apoderó de su cuerpo. ¿Es que se había pensado todo el mundo que podían arrancarle el alma cuando les viniera de gusto?

Era un ladrón, como Narciso. Un sinvergüenza a quien no le importaba hacer daño. Un impresentable que se hacía el valiente porque tan solo era una mujer. Un imbécil que esperaba que los otros trabajasen para él vivir a sus espaldas. Estaba demasiado enojada para aguantarlo.

La navaja la apuntaba vacilante. De pronto, ella lo empujó con un paraguas de mango largo que tenía sujeto con la mano derecha, y lo golpeó con fuerza y con ira, chillando.

─A ver si te gustan los golpes, gamberro. ¡Eres un impresentable, Narciso! Eres un canalla desconsiderado. ¡Un mal hombre!

Repetía aquella letanía sin dejar de golpear al atacante, que caía al suelo anonadado y tratando de protegerse la cara de los golpes de paraguas.

─¡Te desprecio, Narciso! Me has engañado a mi y a las niñas. ¡Miserable! No te quiero volver a ver, nunca más. Muerto, te quiero ver muerto.

Sara pegaba al atracador que había perdido la navaja y sólo podía dar patadas para librarse de los golpes. Era un asaltante estúpido que había escogido un mal momento para atracarla y ella lo calentaba a rabiar con el improvisado bastón.

Se detuvo. Al ladronzuelo le sangraba la nariz, pero le había atizado un buen golpe en la pierna y huía de ella. Como corría el imbécil. Sin la navaja no parecía tan atrevido. Hoy iría todo el día calentito.

─Y el maldito teléfono que no para de sonar… Es Narciso… otra vez. He de sentarme y tranquilizarme. Ahora ya estoy preparada para hablar contigo, infame.

Él

Julio corría como un despavorido alejándose de aquella mujer. Estaba convencido de que se trataba de una loca. Por suerte, no se veía a nadie en el parque y, cuando ya salía del recinto, sólo oía el quejido lejano del desolado teléfono que aún se lamentaba.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato video/audiolibro en youtube: AQUÍ

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.