«AURORA», una pequeña realidad

Esta pequeña historia nos habla de los afectos cotidianos y de los momentos entrañables que nos dejan huella.

Me extrañó no encontrar a la abuela en la cocina. Siempre que iba a visitarla, aquel era su lugar. Tenía buena mano con los fogones y sabía sacar partido de los guisos más sencillos. Nada más abrir la puerta de la calle podías distinguir algunos de sus platos por el aroma seductor de los sofritos personalizados con especies o hierbas.

Sin embargo, aquel día, al entrar en la casa no percibí ninguna fragancia sabrosa.

La oí que me llamaba desde su dormitorio y me encaminé hacia allí. Estaba de pie, al lado de la puerta, con la pequeña figura recortada por la luz que llegaba del patio. Compensaba la poca altura con una fortaleza inaudita y la delgadez de su cuerpo no impedía una vitalidad envidiable.

Desde que nací la había visto siempre trabajando, tanto en el negocio familiar como en la casa. Era incansable, o me lo parecía y, a pesar de su carácter, más bien huraño, tenía la habilidad de hacerse apreciar. Su bondad compensaba el genio que la caracterizaba.

Me hizo entrar en la habitación y me mostró unos papeles desparramados encima de la cama. A los trece años yo podía identificar cartas, tarjetas y algunos escritos a mano con papeles amarillentos, pero también había unos documentos que podían ser oficiales e incluso observé unas páginas escritas en francés, incomprensibles para mí que hacía poco me introducía en aquella lengua.

Se sentó a los pies de la cama y me mostró una libreta no mayor que la palma de la mano. Las tapas eran grises, muy gastadas, con pocas hojas, y presentaba multitud de manchas y rasgaduras. La abrió y me pidió que le leyera el contenido. Me quedé atónita porque, a pesar de que había oído decir que la abuela no sabía leer, en aquel momento la evidencia me conmovió, más porque de mí todos decían que, no obstante mi juventud, era una persona cultivada.

Cuando comencé la lectura comprendí que se trataba de un escrito de mi abuelo. Aquellas pocas palabras, apenas garabateadas con un lápiz de carboncillo, hablaban de afecto, de añoranza, de la soledad de un prisionero lejos de casa, de la mujer, de “su Aurora”.

Nunca la había visto llorar y me perturbó. La sentía tan cerca como si formara parte de su cabeza, o mejor, de su corazón. El rostro arrugado hasta el último recodo, dejaba resbalar las lágrimas que se atascaban en los surcos de la piel.

Me miraba y yo no podía apartar los ojos de los suyos. Siempre vestida de negro y sobria en extremo, su humanidad me enterneció. Volví a leerle aquella ofrenda de amor que convirtió el respeto que sentía por el abuelo, perdido a mis tres años, en una admiración por su capacidad de querer. De amarla.

Ni los años ni las vivencias personales han borrado la impresión que dejó en mí el único momento de intimidad con mi abuela. Un momento en el cual dejó de ser una figura familiar para convertirse en una mujer en la expresión más espontánea de sus sentimientos.

Conservo como un preciado tesoro la revelación de aquella manifestación de amor que desafiaba el tiempo y el espacio, de la cual yo fui cómplice.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato video/audiolibro en youtube: AQUÍ

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.