«EN LA TERRAZA DEL CAFÉ», una pequeña realidad

La casualidad nos depara situaciones inesperadas, algunas sorprendentes.

Como de costumbre, me tomaba un café sentado en la terraza de la esquina del trabajo. Era temprano, el día cálido y estaba solo, a pesar de que ya oía las voces de algunos compañeros que hacían el mismo trayecto que yo.

Me llamó la atención el tono de voz, cada vez más elevado, con que una mujer, detrás de mí, hablaba sin contención. Parecía alterada y, a pesar de que en principio no le di más importancia, la persistencia del parloteo enojado me obligó a girarme, con verdadera curiosidad. A unos metros, sentada en un banco, una chica muy atractiva. O, a mi me lo pareció, mantenía una conversación, por decirlo de alguna manera, a través del móvil.

El griterío me permitía entender sin esfuerzo todo lo que decía. Insultos, reproches, una buena variedad de imprecaciones hacía el interlocutor, que me sorprendieron viniendo de una joven de aspecto dulce.

De pronto, la vi alzarse y gritar al aparato mientras se lo miraba y pronunciaba una despedida concluyente. Después un bufido, un gesto brusco y el teléfono voló por los aires, mientras ella se giraba de espalda, murmurando aún palabras ininteligibles.

Vi como el ingenio se escondía debajo de un montoncito de escombros a unos buenos diez o doce pasos del banco.

Ella lloraba con rabia.

Aunque no soy de naturaleza sensiblera, me ablandé y deshice los escasos dos metros que nos separaban. Me aproximé con cautela, no pretendía molestarla, argumenté para presentarme; sólo quería preguntarle si se encontraba bien, y si podía ayudarla. Lo expresé con todo el tacto de que era capaz para no incomodarla.

Esperé a que se secara las lágrimas y cuando me miró observé la congoja en unos ojos avellana suficientemente tristes como para conmoverme.

Sin pensármelo le ofrecí de acompañarme a tomar un café, y ella aceptó.

Al tiempo de sentarnos a la mesa, donde los restos de mi taza soportaban la tortura de una mosca, sonó su móvil. Desconocía a dónde había ido a parar. Miró a su alrededor. Parecía inquieta.

Me levanté y dirigiéndome a un cúmulo de hojas, más allá del banco donde se había sentado, saqué el aparato de debajo los escombros, lleno de polvo, pero gritón. La melodía me resultó de una estridencia insoportable.

Al entregárselo a la joven advertí que le temblaba la mano. Ella le echó un vistazo, después me dedicó una mirada escrutadora, incluso insinuó una sonrisa. Entonces apretó el botón rojo, apagó el dispositivo y lo guardó en su bolso.

Yo me senté frente a ella. Durante unos momentos permanecimos mirándonos, en silencio.

Sonreí, llamé al despacho y dije que aquella mañana no iría al trabajo, tenía gestiones personales, argumenté sin profundizar en detalles. Desconecté mi teléfono y me lo guardé en el bolsillo.

El camarero se acercaba, ella se arreglaba los cabellos, yo no podía dejar de observarla.

Comenzaba un nuevo día.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato video/audiolibro en youtube: AQUÍ

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.