«EL CUADRO», un relato de sentimientos

A menudo los sentimientos nos dominan y parece imposible huir de su influencia.

Había aceptado la propuesta y me había regalado su sonrisa. Habíamos compartido infinidad de horas de exposición de sus encantos, dejándose escrutar con complacencia por mi mirada, que recorría su cuerpo ávida de revelaciones.

Los pinceles gobernaban mis manos, impulsados por las conmovedoras sensaciones que me producía la contemplación de aquella obra de la naturaleza, casi perfecta, y expresaban impacientes lo que yo sentía.

Estaba tan ilusionado con el descubrimiento de los contornos sinuosos más recónditos, que me dejaba absorber por completo.

Un mes de confiarme el privilegio de su cuerpo me había conducido a un estado de servitud tal que ninguna imagen no adquiría significado sin su presencia.

Estaba convencido que era la musa definitiva para mis creaciones.

Nunca antes había interpretado los colores con tanta luminosidad, con tanta intensidad. Nunca las formas habían adquirido una delicadeza como la que espontáneamente surgía de mi interior.

Los habituales de mi estudio, personas íntimas, elogiaban entusiasmados la excelencia de la composición, a medida que avanzaba, sin dejar de lado los atractivos naturales de la modelo, que resplandecía como un diamante en un engarce de platino.

Cuando la claridad de aquella mañana de junio iluminó la obra finalizada, lloré, fruto de un languidecer generoso de autocomplacencia. Aquella imagen era la síntesis absoluta de mis sentimientos.

Los cercanos, seducidos por el resultado, clamaban por contemplarla expuesta en una galería. Me exigían que la dejara para disfrute de todo el mundo, era lo que merecía una creación como aquella, afirmaban.

La reservé unos días para admirarla en la intimidad, para impregnarme de ella. Aun me afané en algunas pinceladas exigentes para redondear la perfección de la obra de la cual yo mismo me regalaba.

Nunca nada es como uno lo desea, y aquello no era una excepción. Cuando le mostré la tela acabada, la modelo, elogiándome, pero sin perturbación, se despidió de mí. De una forma sencilla e, incluso tierna, me dijo que habiendo finalizado el cuadro se volvía a la playa. Era profesora de natación, ya me lo había comentado al conocernos, la temporada estaba en alza y los compañeros ya la habían reclamado para reincorporarse al trabajo.

Se alejó, desapareció de mi vida igual como la había penetrado. Un beso en cada mejilla y su número de teléfono en mi agenda.

Nadie contemplaría el éxtasis de mis sentimientos más intensos, más sinceros, para reírse de mi fracaso sentimental. De la mano de los óleos más oscuros, la sirena se convirtió en congrio, y las dulces olas de un mar azul fueron engullidas hasta las profundidades más agrestes del fondo marino.

Las tinieblas me arrastraron y me trocearon la percepción. Desde entonces sólo pinto naturalezas muertas.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato vídeo/audiolibro en youtube : AQUÍ

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About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.