«LA GRIETA», un cuento de terror

Cuando abandonamos el deber de vivir, se impone la oscuridad.

Se sienta abatido en la misma mesa en la que tomaba un vaso de leche y unas galletas para desayunar cuando era pequeño.

Más allá de los treinta aún vive en el piso que le dejaron sus progenitores. El padre murió hace más de diez años. La madre, que lo consentía y le justificaba todo, falleció unos meses atrás.

No lo ha superado. Con las manos apoyadas encima de la mesa mira la pared. La pequeña hendidura que se había manifestado cuando era un adolescente insípido se ha alargado con el tiempo; ha engordado como un buey que se alimenta y retoza en el campo. Ha criado barriga, o se lo parece a él.

La irregularidad mural se ha convertido en una abertura que le engulle la mirada como si se tratara de un buen manojo de hierba fresca.

Le agradaría fundirse, pero ni para hacerlo tiene fuerzas. Hace casi un año le echaron de la empresa donde había trabajado desde los dieciséis. Todo por culpa de una modernización de esas en las que adquieren máquinas para sustituir operarios. Lo cierto es que de él podían prescindir.

La semana anterior su pareja lo había dejado, harta de animarlo a buscar una ocupación, de instarlo a decidir un futuro diferente, a reciclarse y romper con el pasado. Llevaban un lustro saliendo y nunca le había hablado de vivir juntos. Ella sí se lo había planteado. Él nunca se había comprometido.

Los amigos, los pocos que le quedaban porque se había ido alejando del grupo y de los encuentros ocasionales, le aconsejaban que buscara ayuda, tal vez de un especialista, insistían.

Ya ves, los consejos se agradecen, pero él los ignoró, inmerso como estaba en su propia conmiseración.

No apartaba la vista de la pared. Le parecía que la grieta crecía por momentos. El hueco central lo observaba desafiándolo. Era como una boca abierta que lo increpaba por inútil, que le reprochaba la poca voluntad y lo innecesario de su existencia.

Hacía tres días que no comía; se había sentado en aquella silla deformada por el uso y ni el teléfono se molestaba en interrumpir aquella dejadez. Sólo los cuchicheos procedentes de la escalera vecinal, que acompañaban las subidas y bajadas, trastocaban su contemplación.

Se dio cuenta de que muchos objetos del piso habían desaparecido; quedaban algunas fotografías familiares, además de detalles decorativos, pocos, que conservaba de su madre.

Giró la cabeza y vio el dormitorio de sus padres abierto, vacío, los cajones del tocador y de las mesitas de noche desparramados por el suelo, también vacíos. Una colcha yacía en el comedor, cerca de la fisura estructural.

Observó su habitación, la puerta de la cual se hallaba abierta y tuvo la sensación de que nunca había sido ocupada. Estaba completamente vacía.

 Consciente de que si él desaparecía aquel piso no conservaría ningún recuerdo, ni de él ni de la familia, se estremeció.

 Con la mirada fija en la grieta que había adoptado la forma de una boca de entrada como la de las atracciones de feria, arrastró el asiento y se acercó a ella.

Del interior le llegaba una especie de salmo, un murmullo lejano y el sonido melancólico de una llamada en la que creyó reconocer la voz de su madre.

No podía ser. La grieta parecía profunda, pero no veía la vecina de al lado. Aquella aberración constructiva sólo se manifestaba en su casa. Era inconcebible.

Sudaba como si se hallara en una playa del sur en pleno verano. De las sienes le goteaba un riachuelo salado producto de la angustia que no podía contener.

Se acercó a la grieta y un soplo de aire gélido le acarició el rostro. ¿De donde venía?, se preguntó.

De profundo oía su nombre, lejos, suave, pronunciado con dulzura.

Introdujo el brazo y no encontró impedimento alguno; después medio cuerpo y una pierna. Casi estaba dentro de la hendidura y la voz seguía llamándolo; cada vez más cercana.

La mitad del cuerpo que se hallaba dentro tiraba de la que permanecía en el piso.

Se introdujo sin esfuerzo; caminó un paso hacia delante y volvió la cabeza hacia atrás.

Le llegaba la luz que se filtraba a través de los cortinajes sintéticos que había colgado su madre cuando él era un chiquillo.

De pie, inmóvil, contempló como la gran grieta se cerraba, le envolvía el silencio y se imponía la oscuridad.

Fin

Un cuento de Àngels Blasco que podéis escuchar en formato video/audiolibro en youtube: AQUÍ

Deja un comentario

About the author

Àngels Blasco (o Àngels Blasco Ros). No puedo vivir sin escribir, me gusta la fotografía, las que aparecen en diversas partes del bloc y en las portadas de los relatos son de mi portafolio. Disfruto observando mi entorno, tanto personas, como elementos que componen la escena vital. Salir a la calle, viajar, hablar con gente distinta, conocer otras culturas, tratar de entender el mundo que me rodea, todo es una fuente de inspiración. Aunque… confieso que no siempre lo consigo.